lunes, noviembre 26, 2012

Casablanca


Hay películas que se resumen en un par de frases. Y, precisamente ahí radica su maestría. Un buen ejemplo de esto es Con faldas y a lo loco que culmina con ese inigualable "bueno, nadie es perfecto". A Lo que el viento se llevó también le ocurre y se puede resumir en el "mañana será otro día" de Escarlata O´ Hara, invencible y sola ante el peligro. En Los caballeros las prefieren rubias, Marilyn Monroe dice "me encanta descubrir nuevos sitios donde ponerme los diamantes" y en Ciudadano Kane, Welles hace decir a su Kane-Hearst que, perdiendo un millón por año, se arruinará en sesenta años y que, no le importa porque cree que "dirigir un periódico es divertido" y la que fuera esposa de Orson Welles, Rita Hayworth hace decir a su Gilda  en 1946 que "si fuera un rancho, me llamarían Tierra de nadie".

Sin embargo, probablemente la frase más mítica de la historia del cine sea de Casablanca y más hoy, 26 de noviembre de 2012, que la película cumple 70 años. Ese "siempre nos quedará París" y también ese "tócala otra vez, Sam" que aunque, nunca pronunciado, es tan de la película como el "Elemental, querido Watson" de Sherlock Holmes. Sin embargo, como Casablanca se inició como un panfleto político buscando el apoyo para los aliados en la II Guerra Mundial -Gilda se hizo exactamente igual pero con un éxito muy distinto-, se convirtió en un caos en el rodaje -Ingrid Bergman no paraba de preguntar de quién estaba enamorada, Bogart iba por las escenas subido en alzas para llegar al 1.80 de la nórdica y Sam no sabía tocar el piano...- y acabó considerada como una gran historia de amor y una de las obras cumbres del cine, yo prefiero otra frase. Es de un diálogo entre Rick e Ilsa que, en realidad, es lo que interesa de la película. Los alemanes, Casablanca, el café de Rick, los salvoconductos, el héroe de Lazlo y la Marsellesa no son más que decorado -un decorado muy bonito, cierto (a mí me emociona cuando tocan el himno francés), pero decorado al fin y al cabo-. 

Ilsa: La última vez que nos vimos...
Rick: Fue en La Belle Aurore.
Ilsa: Lo recuerdas... Fue el día en que los alemanes entraron en París.
Rick: Un día así no se olvida.
Ilsa: No.
Bogart : Recuerdo cada detalle. Los alemanes vestían de gris y tú de azul.

"Los alemanes vestían de gris y tú de azul". El amor nos hace recordar lo importante, no el día en que los alemanes entraron en París sino que tú, tú, vestías de azul. Quizá Ingrid no supiese si quería al personaje de Bogart, pero Ilsa y Rick... esa es otra historia. 

domingo, noviembre 18, 2012

Sinatra´s Fifteen



Sinatra fue el hombre que dijo que el alcohol era su peor enemigo pero que la Biblia insistía en que había que amar a los enemigos. Pero Sinatra no dijo solo eso. Dijo muchas más cosas. Definió cómo ser un hombre, si es que eso se puede enunciar en quince sencillas reglas. En sí, al ojo inexperto, son de calidad desigual (¿colores alegres y psicología barata?) pero no, no lo son. Fíjense bien:
  1. Necesitas dos manos para ponerte el sombrero correctamente. La parte de atrás elevada y un par de centímetros inclinado hacia la ceja derecha.
  2. Nunca vistas de marrón de noche. Nunca.
  3. No hay excusa para vestir zapatos marrones una vez se ponga el sol… ni zapatos blancos. O grises a menos que sean carbón oscuro, o azul a menos que sea azul medianoche. De hecho, hagámoslo más simple: después de anochecer, un hombre debería vestir de negro.
  4. Las corbatas deben ser de seda. Y conservadoras.
  5. Los gemelos siempre quedan bien.
  6. Cuando vistes formal, un chaleco es mejor que una faja.
  7. No vistas un smoking en domingo.
  8. Tener un armario desordenado es como ponerse ropa limpia sobre ropa interior sucia.
  9. La ducha es un lugar genial para planchar las arrugas de tu smoking.
  10. El naranja es el color más alegre.
  11. No ocultes tus cicatrices. Ellas te hacen ser quien eres.
  12. Cuando se trata de los bolsillos todo ha de tener su propio lugar.
  13. Un pañuelo de bolsillo es esencial, pero ha de estar perfectamente doblado.
  14. Da brillo a tus zapatos.
  15. Sé elegante. Sé brillante. Sé limpio.


jueves, noviembre 15, 2012

La Sencillez



Nunca hay que confundir la sencillez con la simplicidad. Ser sencillo, ser llano, no es ser simple. O, al menos, no necesariamente. También se puede ser "vulgar" -lo que la gente llama vulgar- pero ser, en realidad, muy sofisticado -y elitista- como lo eran, por ejemplo, las creaciones de Gianni Versace o de Jean Paul Gaultier y, también, las de Coco Chanel.

En realidad, fue Coco Chanel la primera que apreció y sintió la necesidad de sencillez, de claridad, de adaptarse a la vida... que tenía la moda. Es cierto, muy cierto, que Chanel se hizo su propia moda como Robinson Crusoe su cabaña: según sus necesidades. Chanel diseñaba pensando en sí misma, en lo que ella precisaba. Se dio cuenta de que necesitaba vestidos de noches lujosos pero que se pudiesen abrochar sin doncellas mediante y que no oprimieran a la mujer y la dejaran como en una pajarera pues Coco Chanel era el todo París y quería bailar, beber champagne y apostar. Fue consciente también de que la piel se tiene que llevar por dentro, para que abrigue. Y de que la joyería tiene que ser falsa para quitarse a uno mismo importancia pues no se puede pensar en divertirse si uno lleva una caja de caudales atada al cuello. Chanel era una snob. Una snob fantástica y audaz que se dedicaba a joder un poco a las mujeres, ella misma lo dijo (les insto a que lo capten bien, por favor). 

Fastidió a todas las aficionadas a los sombreros de cuatro metros y treinta kilos porque ella prefería un sencillo canotier. Fastidió a todo el demi monde eliminando escotes, pechos punzantes, caderas fértiles y melenones porque se cortó el pelo y fumaba con tanta gracia y desparpajo que, de lejos, parecía un chicuelo. También fastidió a Poiret haciendo que las mujeres pareciesen que iban a un funeral -todas de negro-, que resultasen como secretarias -el miserabilismo del lujo que lo llamó el bueno de Paul Poiret- y que pudiesen andar y correr y trastear un poco porque, por fin, podían trabajar y vivir una vida que no fuese solo de diseño de escaparatista.

Chanel era, aunque snob, una persona llana. Sencilla que no corriente. Chanel era maravillosa: inteligente, audaz, un punto decadente, un puntito sofisticada... y aficionada a los "pequeños placeres de la vida". Chanel diseñaba pensando en su internado de monjas: en las baldas dobladas por el peso de la ropa blanca, en los caballos sin herrar corriendo por la hierba, en los huevos fritos en mucho aceite y con la yema muy naranja, en las vajillas de loza buena, de la que pesa muchísimo, en la madera oscura, pulida, pesada, brillante... Chanel era aficionada a la buena vida. Nunca trasnochaba, apenas salía -de hecho-. Y, sin embargo, qué lujo. Qué lujo... 

Chanel siempre hizo una oda a la vida sencilla. Sencilla pero valiosa podríamos decir. Coco Chanel hizo una automutación en los 50 y en los 60 cuando, Dior mediante, se sacó de la manga sus trajes de Chanel de dos piezas que el ELLE francés aplaudió y que a los americanos les chiflaron. Esa ya no era la Chanel de sus inicios, era una Chanel postmoderna y post II Guerra Mundial. La gente piensa en esa Chanel. La Chanel que fumaba compulsivamente, llevaba los labios muy pintados, lucía sombreros un tanto extraños y era tan persona como personaje -más de lo segundo que de lo primero, me temo-. Ese no es el Chanel de Chanel que interesa. Sí, fue un buen ejemplo de su tiempo y de la vista de Chanel. Una vista larga, de águila... Y también fue un ejemplo de su valeroso corazón para lanzarse, mayor ya, retirada y criticada, con un estilo que no era y una forma de vivir que ya no existía, a diseñar algo nuevo y acorde con los tiempos. Un corazón bravo, de león... Pero la Chanel que interesa es la de antes, la de entreguerras... qué sencilla y qué compleja. Qué trajes de noche, qué lujo... qué maravilla y, tras todo eso, la niña que pensaba que el lujo de verdad eran los cuellecitos blancos relucientes arriba del sobretodo negro que llevaba en el orfanato.

La sencillez, esa actitud.

miércoles, noviembre 07, 2012

Señor Presidente


Obama ha ganado su reelección. Hoy, 7 de noviembre de 2012 en España -de horarios americanos ni hablamos, y eso significa que tendremos a Michelle Obama hasta en la sopa. A mucha gente le encanta Michelle Obama, que si es negra negra, que si es una de las mejores abogadas de Estados Unidos, que si sus abuelos eran esclavos... vale. Michelle Obama es mi bestia negra. No me gusta nada. Me crispa los nervios. Podría pasar a Michelle cuando iba a los mítines de Barack Obama con unas botas de polipiel de tacón cubano, una falda sacada del "antes" de Andrea del Diablo viste de Prada, su osamenta XL y sus caderas anchas. Podría. Era una mujer imponente, la verdad. Y cuando veías a Michelle Obama sabías que le importaban un huevo las galletas esas de la futura primera dama que publica no sé qué revista americana y que hace las delicias de las amas de casa de, no sé, Omaha. Porque tenía carácter.


Sin embargo, fue ponerse Obama a la cabeza de Hillary Clinton en sus cosas de partido y Michelle Obama fue transformada en la nueva Jackie Kennedy. Ya me entienden. A los estadounidenses les encantan los Kennedy porque veían en Jack Kennedy lo que querían ser: un tipo rico, guapo, con una mujer estilosa, un yate, una carrera de una universidad prestigiosa, un montón de amantes y tal. El puro sueño americano (frente al pobre de Nixon, el hombre que eran): católico irlandés se hace millonario en USA, la tierra de la libertad donde hay sangre para negros y sangre para blancos; y en la Onassis a la pija europea que todas las americanas quieren ser -Carrie Bradshaw es la reina del melodrama de cómo querer ser europea y quedarse en el tópico de lo que los americanos creen que es ser europeo-.


Bueno, de repente, Michelle Obama apareció en la portada de Vogue y con sus conjuntos de Isabel Toledo, de J. Crew y demás -y su pique con Oscar de la Renta por no llevar sus prendas- y todo el mundo decía: "pero qué estilo innato, pero qué gracia, pero qué maravilla". Pero, ¿qué dices?. A mí, Michelle, hija, no me la das con queso. Molaba mucho más Cindy McCain que era como deben ser las Wasps americanas, o sea, un poco zorra. En plan Gossip Girl veinte años después. Y molaba aún más Sarah Pallin con sus alces y sus cosas pero no pudo ser. O me quedaba con Obama o con Cindy y Sarah y, en esa elección, yo me quedo con Obama. 


Tampoco soy muy original porque, insisto, Obama ha vuelto a ganar. Como a mí lo que me importa es lo que cada uno se pone encima, estoy contenta. La mujer de Romney era un peñazo. O sea, que te puedes sentar con ella y saber que sobrevives a la cena. Que no te va a tocar beber cianuro espumoso. Algo que con Cindy McCain no tenías tan seguro. También sabes que no se va a poner brava y te va a sacar su escopeta ni su gorro con orejeras porque la cena no sea de hamburguesa de caribú o de alce. Eso lo sabes. Y eso aburre. También me gusta Obama porque puedo volver a poner el editorial de las elecciones americanas y eso me encanta. Todos estamos hollywoodizados. Y qué bonita es la historia del sueño americano. Ay. 




lunes, noviembre 05, 2012

Quince Años Tiene Mi Amor

Otoño invierno de 2000: el desfile que le lanzó a la fama.

Nicolás Ghesquiére deja Balenciaga, según fuentes oficiales, de mutuo acuerdo pues el diseñador se encuentra en una fase de "bloqueo". Ghesquiére saltó a la fama en 2000 con una colección negra que se saltaba a la torera todo lo que uno esperaba de Balenciaga. Inició su andadura en la firma en 1997 y cerró su viaje por los archivos del español -a los que se tuvo que ganar el acceso- hoy, 5 de noviembre de 2012. Por ello, su última colección será la de primavera verano de 2013 en la que se nota cómo se ha afianzado el diseñador en el lenguaje del de Guetaria y que, en palabras de Ghesquiére, es su desfile "más sensual". 

Invierno de 2005: la mejor colección de Ghesquiére.

Desde su entrada en la casa, Ghesquiére ha apostado por la multiculturalidad, por la tecnología, por cortar los tejidos a láser, por reivindicar prendas imposibles y acercar culturas. También es verdad que su trayectoria en la firma no ha estado siempre al mismo nivel. Ha tenido colecciones llenas de puro genio, de brío, de talento, no sólo con una estética potente sino con algo que decir, explorando temas, tejidos, texturas, tecnologías y conceptos que los demás no habían considerado ni importantes. Y también ha tenido otras repetitivas y sin mucho sentido: Maria Antonieta tecnófila dice que si los pobres no tienen pan que se compren Ipods y más de lo mismo en esa línea con la excusa de recuperar un tejido de Cristóbal Balenciaga del archivo, un sombrero o el concepto arquitectónico. Lo típico, vamos.

Otoño invierno de 2006: su segunda mejor colección. Hoy se ven peplums por ella.

Pinault vive momentos no muy dulces, como los que ha pasado Arnault en LVMH. Ghesquiére afirma estar descontento con la dirección de su "casa" y también que es una ruptura "de mutuo acuerdo". Ya.  Después de que Hedi Slimane se le fuera de Dior Homme porque no le dejaban diseñar la línea femenina y de que haya conseguido que le nombren diseñador de cabecera de YSL pour femme -a ver cuánto dura la criatura, no mucho, ya verán... si la boutade esa de Saint Laurent Paris no ha durado ni unos meses- en PPR llega otra voz, en este caso, muy reputada -la de Ghesquiére- y pone en jaque al gallo del gallinero haciendo un Slimane. Ja.

Verano de 2006: otra maravilla.

Aparte de todos el ir y venir de PPR y LVMH, Ghesquiére es un nombre por sí mismo. Un creador con personalidad y con sentido propio en la casa Balenciaga que es, además, o bueno de Ghesquiére es que es un diseñador eminentemente urbano. Nunca presenta trajes de noche, eso se lo deja a Elie Saab y sus diseños para putas rusas, musulmanas con burka y estrellas de postureo en la Alfombra Roja y eso me gusta. No me gusta que se le vaya la olla, claro que no. Nunca he comprendido esas chorradas de las cejas verdes y azules, de las modelos que se visten con cosas que parecen sacadas de una lechuga ni nada de eso. Eso está mal. Sin embargo, Ghesquiére ha parido maravillosas colecciones de la primera década del siglo XXI. De las mejores colecciones que se han visto. Y es, sin duda, uno de los mejores diseñadores vivos. Y no sólo de prendas. Ghesquiére ha marcado hitos de la moda actual en los accesorios. Son un punto delicioso en todas sus colecciones: los zapatos. Zapatos bota, sandalias lego, leggings metálicos...Y sólo en quince años de trabajo. 

Invierno de 2007: y sigue.

En realidad, en menos de quince años de trabajo porque las claves de sus diseños ya estaban en sus primeras colecciones. Ghesquiére propone, a diferencia de Galliano y de McQueen, una mujer de hoy. El pantalón que tan desprestigiado está en el mundo de la alta moda -aunque es una tendencia renaciente gracias a la labor reivindicativa que Raf Simons está haciendo en Dior- siempre está en el glosario de Ghesquiére.

Verano de 2008: Balenciaga y la arquitectura.

 Y, además, es un diseñador sutil. Está infravalorada la delicadeza y la sutileza que son, en realidad, la verdadera elegancia. Las colecciones de Ghesquiére tienen un punto destroyer -pantalones militares, cortes de amazona, volúmenes imposibles, patchwork de materiales extraños, mujeres droides...- que hacen que pase desapercibido el espectáculo de su genio. Pero, colección tras colección, hay algo genial. Y algo más, hoy lo seguimos llevando. Y lo llevamos porque Ghesquiére lo hizo.

Invierno de 2001: las mujeres de hoy. 

Ghesquiére ha sido el responsable de que se pusieran de moda la lencería a la vista y con una propuesta mucho más interesante que la de Prada. También lo basto y lo vasto, lo que no está refinado: lanas gordas, gruesas, con los mechones sin cardar... y plumas, lo que algunos llaman hueveras. Poco chic o nada chic, al menos en principio. También pantalones militares en verde oliva y prendas plastificadas. Sin embargo, a todo esto Ghesquiére lo dio una vuelta de tuerca: los abrigos de plumón sacados de un supermercado se llevaban con vestidos de la gasa más fina, el neopreno de los trajes de bucear se llevaba con transparencias, las prendas militares con corsés de seda, las palestinas con blazers de las mejores escuelas privadas para niños bien ingleses, los chalecos que parecían sacados de un mercadillo callejero de la India con faldas de seda y sandalitas finas...


Invierno de 2002: la falta de nobleza.

Pero aún había más: lujo. Lujo de verdad. El zorro con un montón de trabillas militares para dejar claro quién manda aquí, las golas dieciochescas del Versalles absolutista borbónico con chaquetas de ante y camisetas con fauces de perro abiertas, faldas de terciopelo con flores que se derramaban sobre ellas y sombreritos hípicos deliciosos, mallas metálicas de oro que llevaban miles de horas de trabajo, vestidos de chifón y de gasa que flotaban al paso de las modelos y que se derramaban y plegaban en torno a sus pechos, sus caderas y sus hombros. 

Invierno de 2003: la ley de la calle.

Después de 2007 y hasta la colección de verano de 2013 -salvo un par de excepciones en el invierno de 2008 y en el invierno de 2009- Ghesquiére entró en una fase de abulia y de droides que repetían lo mismo una y otra vez: el 2.0, los robots, los zapatronchos, la vida sana... pero sus tendencias han sido trabajadas luego por diseñadores posteriores como Prada -lencería a la vista, tejidos vastos- o Ricardo Tiscci en Givenchy -neopreno, encaje, lencería a la vista y perros rabiosos en las camisetas- porque hay algo en las colecciones de Ghesquiére para Balenciaga que es la innovación.

Verano de 2002: la multiculturalidad y las etnias guerreras.

Lo nuevo como concepto luego se ha desarrollado con éxitos y con fracasos. Pero qué éxitos. Es un gusto revisar el archivo personal de colecciones dejadas por Ghesquiére para Balenciaga. Hay tanto aprovechable, tanto que se ve hoy en las tiendas de Zara. Tanto... Por poner un par de ejemplos: el neopreno y las camisetas con estampados brutales -águilas coronadas, perros con las fauces abiertas...- en las más altas firmas de moda. Pero además de todo esto hay que añadir la mezcla indiscriminada de estampados y tejidos y la investigación en estos dos campos. 


Verano de 2003: lo que hizo Ricardo Tiscci después.

Porque Ghesquiére, que aprendió en los talleres de Jean Paul Gaultier -y eso se nota en su afición a la corsetería, a la ropa interior a la vista y al romper moldes con sus diseños y con el material del que los confecciona- ha aprendido mucho en Balenciaga (a combinar lo español y lo austero con lo absolutamente nuevo y rugiente, a sorprender yendo de un polo al otro cada temporada pero siempre en el mismo recorrido...) y ha dejado mucho a todos los aficionados a la moda y a todos los que no lo son -pero que llevan los productos de su mente-. Ahora que Galliano, Theyskens, Lacroix, Mugler, Alaia, Montana, Mizrahi, Cristina Ortiz, Alessandra Fachinetti y etcétera y etcétera ya no tienen casa en la que diseñar, que Valentino se ha retirado de motu propio y que McQueen se ha suicidado e YSL muerto, tras su retirada voluntaria, esperemos que Ghesquiére no se quede en el limbo de los diseñadores. Que tiene algo que decir está claro.

viernes, noviembre 02, 2012

Tres Cruces


La tendencia para el verano que viene es clara, en los calores de 2013, se llevarán los volantes. Todos los diseñadores los han sacado a la pasarela y especialmente vistosos han sido los de aire sesentero y setentero de Gucci y la maravilla tecnoespañola de Balenciaga. Porque sí, los 60 y los 70 han llegado para quedarse. Puede que Emmanuelle Alt y toda la plantilla de Vogue París adore a George Michael, que Carine Roitfeld se chifle por parecer una muglerette y que Anna Wintour en Vogue USA vaya a organizar para 2013 una exposición sobre el punk -y con ello prorrogue estos 80s interminables de Balmain, tachuelas, zapatronchos y tupés- pero la verdad es que lo que viene de verdad son los sesenta setenteros y los setenta sesenteros. 


No obstante, eso no significa que la tendencia sea !ya!. No. Hace años se decía que "de los ochenta solo quedamos nosotros" y ahora se puede decir que los ochenta aún quedan para rato. Sin duda esa es la explicación que hace que este invierno sea el de las cruces. Ya cantaba Mecano aquello de la cruz de navajas por una mujer: una en la frente, la que más dolió; otra en el pecho, la que le mató y otra que mentía en el noticiero y a Vivianne Westwood -Sex Pistols mediante- se le hacía la boca agua para vestir a todos sus pendencieros punks. 


Pero es en Vogue España donde se llevan la palma: portada de agosto de 2012 con una muy muy sexy otoñal Malgosia Bela en portada, portada de noviembre de 2012 con una fabulosa Penélope Cruz y, si hay una que miente, la fiebre por las cruces que desató en 2002 la colección de invierno de Tom Ford en Gucci. Con muchas cruces. Claro que sí.