jueves, mayo 31, 2012

Revistas





Cary Grant en En busca de marido en 1948 conoce a la protagonista de la película comprando revistas. Mientras las compra, el fondo de cada uno, es, respectivamente, Vanity, Vogue -dos- y hay dos temas trascendentales. Uno es la revista de niños, ¿está casado Cary Grant? Debe estarlo si compra una revista sobre niños. El otro es la revista de decoración que lee en la cafetería. Su amiga le dice que su problema es que ve una casa y se imagina viviendo en ellas. Las revistas dicen muchas cosas de nosotros. Como dice la protagonista "!eso lo explica lo todo!".

Y decía yo ayer que eran como ver porno.
Qué va. Son mejores. Más... iluminación.


viernes, mayo 25, 2012

Encuentro En París



















William Holden y Audrey Hepburn ya habían trabajado juntos en Sabrina pero, vaya, Sabrina -con ese nombre tan poco propio de una hija de chofer- prefiere, por lo visto, a Bogart. La verdad es que fue bastante habitual a lo largo de su carrera cinematográfica que Audrey Hepburn compartiera pantalla con galanes mucho mayores que ella que hacían de sus parejas. Es el caso de Paris when it slizzes que en español se conoce como Encuentro en París. No se trata de una gran película pero a mí me resulta muy simpática. En ella, Rick (Holden) es un guionista que está escribiendo La chica que robó la Torre Eiffel y Gabi (Hepburn) es su máquina de escribir. A ella le viste Givenchy -claro- y también le perfuma. Eso es algo que siempre me había resultado curioso. El cine, como medio audiovisual, se limita a ser percibido por los ojos y los oídos pero, en este caso, el dato es muy significativo.

Todo el film trata de los cambios que uno vive. Además, está lleno de guiños a la filmografía de Miss Hepburn (My Fair Lady y especialmente Desayuno con Diamantes...) y es un homenaje al cine en sí mismo (Frank Sinatra o Tony Curtis). Es curioso que Holden y Hepburn fueran pareja en la vida real aunque no funcionaron -no por la diferencia de edad- porque él tenía hecha una vasectomía y ella quería tener hijos. Siempre me ha parecido que el amor entre Mel Ferrer y ella, no tuvo sentido. No sé. Un amigo cuyas opiniones cinematográficas respeto, considera que la mejor película de la Hepburn fue Charada. Yo prefiero Desayuno con diamantes, claro, y My Fair Lady y Charada me resulta histriónica y no me hace mucho tilín pero es verdad que Charada, Encuentro en París y Desayuno con Diamantes tienen muchos puntos en común.

Para empezar, el vestuario es de sensación. Hepburn hace su entrada en Encuentro en París vestida de verde, poco a poco, se va soltando la chaqueta y la melena. Avanza hasta una fantasía nocturna y luego se convierte en lo que debe ser el verano en París: vestidos blancos camiseros y trajes rosas. Es curioso que ese esquema aparezca también en Charada y en Desayuno con Diamantes. Pero eso, os lo cuento mañana.

jueves, mayo 24, 2012

Langostas









Ah las langostas. Dalí se fascinó por ellas en 1936 y luego le diseñó un vestido a su amiga Schiap aunque siguió obsesionándose por el tema de la langosta teléfono especialmente. Aludía también a un significado extra: de naturaleza sexual. Cuando Wallis Simpson salió en Vogue para mejorar su imagen como queridísima de "David" y Dalí hizo público esa connotación: su imagen pública se hundió. Pero ahora, con la exposición del MET sobre Schiap y Miuccia Prada el tema de la langosta vuelve a estar de moda. Una mujer como Issabella Blow no precisaba de modas ni de tendencias para ponerse el crustáceo en la cabeza pero Anna Wintour sí, parece que la cosa del sexo... no le importa demasiado. Total, lo que pasa en Nueva York se queda en... ¿Las Vegas?


miércoles, mayo 23, 2012

Lunares


Me chiflan las mujeres que están guapas de lunares.
Y, para muestra, dos botones: Lady Di -con un parasol de infarto- y Julia Roberts en Pretty Woman.

lunes, mayo 14, 2012

Caballero sin espada


Me encanta James Steward. Muchísimo. Conocido como "Jimmy", el americano era, lo que se dice, un hombre de bien. Recibió críticas tras tener una gran carrera como piloto de bombardero durante la II Guerra Mundial por ser conservador. Yo, en cambio, soy de la opinión general: Me encanta Historias de Filadelfia, en la que aparece la pelirroja -Katharine Hepburn-, Cary Grant y, sí, Dina -esa niña me chifla-, pero me gusta aún más en Caballero sin espada (y en Me enamoré de una bruja) y muchísimo más -sí- en Vive como quieras. En esta última, también es pareja de Jean Arthur y, a ambos, les dirige Frank Capra. Si alguien me pregunta por mis directores favoritos, siempre digo Woody Allen pero es porque soy un horror para mirar las fichas técnicas. Bien, Capra es mi director favorito de verdad. El dúo Capra-Steward dio obras tan enormes como Vive como quieras (1938), Caballero sin espada (1939) o !Qué bello es vivir! (1946). Jean Arthur era la actriz favorita de Capra -y, según él, siempre estuvo un poco enamorado de ella-. En la imagen de arriba están los tres divirtiéndose en el rodaje de Caballero sin espada aunque Jean Arthur hubiese preferido a Gary Cooper para el papel porque era más masculino que Stewart quien le parecía "demasiado mono". Si no os digo lo muchísimo que me gustan los calcetines de James Stewart, me moriré. O similar.


Capra empezó en el cine como gagman, es decir, el que hace gags para un estudio. Y, en Caballero sin espada se marcó varios que han pasado a la historia del cine. Mi favorito es la escena de la foto de arriba, Jeff -James- está hablando con Susan Paine -la hija del senador corrupto (el policía de Casablanca)- y está tan nervioso que el sombrero que tiene en la mano no se le para de caer. En todo el diálogo, no se les ve ni una vez la cara pero las manos de James Steward son lo más maravilloso del mundo. Otros gags muy famosos de la película son la moneda que cae de canto y provoca que escojan a Jeffersson Smith como senador, la conversación por teléfono de Susan y Jeff y la caída del gordo secuace de los políticos corruptos en el Senado, además de cuando no puede salir de la cabina de teléfono. Un hiperactivo James Stewart recorre Washington a punto de darle un colapso y, cuando va en el taxi con Jean Arthur, no para de preguntarle, a voz en grito, que qué es cada cosa. Al final, se emociona tanto que chilla ante un cine. Un poco antes de eso, el bueno de Jeff nos cuenta lo aficionado que es a las palomas mensajeras -sigh-. Otra cosa que me fascina del film son los primeros planos de Jean Arthur. Siempre echaré de menos que no fuese Escarlata O Hara en Lo que el viento se llevó. Qué luz, qué planos. Ah, como último detalle curioso, en Doctor en Alaska, Maurice Minnifield era presentado como el hombre de la "ingeniería facial" por su repertorio de expresiones, sin duda, pero eso es porque no han visto a Harry Carey haciendo de Presidente del Senado, el cómplice de Jeff todo el tiempo.

Alcohol Y Belleza



Ayer estuve hablando yo del incombustible Churchill del que, por lo visto, todos mis amigos son fans. En mi caso, no se puede decir que lo sea a pies juntillas, sino que más bien es una admiración a distancia, fruto de la recomendación de uno de sus devotos. En todo caso, el ganador del Nobel de literatura, hijo de Jenny Jerome y amigo de la imbatible Consuelo Marlborough (a la que dibujo Cecil Beaton) -y familiar de aquel famoso Mambrú que se fue a la guerra-, me ha hecho recordar un episodio bastante olvidado en lo que a su persona se refiere. Churchill, que ha quedado para la historia en su sempieterna pose de "la victoria" y con su puro en la boca, era todo un dandi. Bueno, no hay más que mirar su estupenda pajarita de lunares. Es curiosa la cantidad de dandis gordos que ha dado Inglaterra, empezando por Jorge IV y acabando por el señor Churchill, quizá. La cuestión aquí es que el caballero de las citas fáciles y baratas -qué cultos somos todos, madre- recibió un día una dura noticia: Bessie Braddock informó que, el caballero que no perdió la II Guerra Mundial, estaba borracho como una cuba. Churchill -cómo no- se lo tomó mal y le soltó de sopetón un "señora, usted es fea, y yo mañana estaré sobrio".


De repente me he acordado de lo mucho que sacamos las cosas de quicio. Churchill, que no era precisamente Adonis -aunque fuese otras muchas cosas- se quedó más ancho que largo y luego ganó, con el poder de su pluma -y sangre, sudor, !esfuerzo! y lágrimas-, el Nobel. Sin embargo, poco después, John Galliano,  también más borracho que una cuba, le soltó en un bar de París a una pareja "tú eres fea y tu bolso también" y en Dior le desearon mucha suerte en sus próximos proyectos. Galliano se había despacho antes con unos cuantos exabruptos contra los judíos y con unas palabras sobre lo estupendo que era Hitler. La verdad es que a Churchill tampoco le pareció tan mal Hitler al principio, sobre todo porque consideraba que "todo el que es socialista pasados los 18 años no tiene cabeza" -y si no lo es a los 18, no tiene corazón-. Pero bueno, no es ése el tema. Churchill dijo que todo el mundo que le critaba "a sus espaldas", se encontraba con su "culo". Galliano está criando las mismas malvas que Churchill pero, démosle tiempo, Churchill también perdió las elecciones tras ganar la II Guerra Mundial y, luego, mucho después, volvió a ganarlas. Aquí, lo que cuenta, es el segundo tiempo.

viernes, mayo 11, 2012

La Cabina


Hay algo muy interesante en la personalidad de las modelos o en su absoluta falta de personalidad cuando posan ante una imagen. No me refiero a Kate Moss y a su boca abierta rozando los dientes con el labio de abajo ni a las modelos de la hornada Victoria Secrets que solo tienen una cara (es decir, poniendo morritos en un intento de sexy) o a especímenes como Daria Werbowy. No. No se trata de eso. Hay un tipo de modelo conocida como "modelo de cabina" cuyo trabajo no es ser famosa ni salir en las campañas de publicidad sino tener una gran percha y desfilar con las prendas para la casa en el desfile (o dejar que te la confeccionen sobre tu cuerpo y en base a tus medidas). Este trabajo especializado no deja de tender a desaparecer pues las modelos de las que Dior hablaba, las que se le casaban y embarazaban cada temporada para su sufrimiento, -y a las que prefería con un poco de barriguita, por cierto, como Balenciaga- están casi extintas. Hace unos años aún se podían encontrar en la Alta Costura pero hoy, tal y como están las cosas, tampoco. Aunque los cánones de la HC siguen siendo los más rígidos del mundo de la moda. Sin embargo hay que decir que en la diosa madre, Vogue USA, habitualmente cuentan con dos modelos que podrían merecer este calificativo.


La fundamental es Caroline Trentini, la brasileña siempre fue una favorita para Wintour y eso supone que, si tu carrera no logra ascender a los niveles estratosféricos de L´Oreal o de Lancome o de una marca de perfume -a ser posible uno de nueva creación-, al menos te supone salir en todos los desfiles y, sobre todo, en las páginas de Vogue USA. Así la señorita Trentini ha aparecido llevando todas las tendencias de moda, especialmente en las imágenes con fondo neutro donde lo importante era ver la caída de la tela sobre el cuerpo de la modelo.

En cuanto al otro nombre, es Raquel Zimmermann, otra brasileña. Trentini y Raquel están bien lejos de los tópicos nacionales del país de la señorita Bündchen, de Adriana Lima y demás. Trabajan absoluta y profesionalmente e, incluso, con gran devoción hacia la cámara. Trentini es una modelo muy aburrida quizá porque su vocación más estricta es la de modelo de cabina. Mientras que Raquel es una modelo que va conquistando poco a poco. Es una mujer muy bella, casada con un fotógrafo, que tiene una estupenda carrera, de esas de segundo plano. Es una lástima porque la verdad es que es una modelo muy versátil que ha mejorado muchísimo con los años. No es una auténtica modelo de cabina al estilo de Trentini en versión actual sino que tiene una carrera de auténtica primera línea aunque siempre en la variante discreta del asunto. Es decir, que acude a la gala del Met pero sin que eso se traduzca en una campaña de Maybelline; que trabaja habitualmente para Lagerfeld pero sin aparecer en versión efímera en sus campañas con Blake Lively y demás y aunque tiene campañas de perfumes en su haber, por ejemplo la de Palazzo de Fendi, fotografiada por el kaiser, no es conocida por el gran público y tampoco ha puesto rostro a las grandes campañas de la década como no sé, la del Nº5.

Cuando veo ésta campaña de publicidad de la línea de joyería de Dior, fotografíada por Meisel en un ejercicio muy comedido, no puedo dejar de pensar precisamente en esas frases que hablan de la elegancia como la cualidad del no ser recordado. Nunca he estado muy de acuerdo con las personas que tienen esa opinión pero sí soy partidaria de la sutileza. Y Raquel Zimmermann es una mujer sutil ante la cámara, aunque sin un ápice de fragilidad. Su talento como modelo se revela, creo yo, cuando está ante un fondo gris y solo tiene su cara para hablarnos de muchas cosas.

En esta colección, Raquel pasa de ser una señorita de los 30s envuelta quizá en un caso de Hercules Poirot que va a Alemania montada en un dirigible a ser una señorona prematuramente envejecida gracias al dinero de su marido que le da un aura de respetabilidad. Luego se convierte en una princesita hastiada, no sabemos si europea o americana, pero sí que sabemos que con mucho dinero. Poco después florece como mujer: poderosa, frágil al tiempo pero sin ñoñería... y poco después es una persona sorprendida admirando la belleza de las joyas que tiene en su mano ante el espejo.


No están mal las modelos de cabina, ¿verdad?.

lunes, mayo 07, 2012

El Frágil Detalle De La Identidad





Es difícil catalogarme a mí misma como una gran fan de Sexo en Nueva York, no lo soy. Para empezar, creo que la serie ha hecho mucho daño a la sociedad con todo el jaleo de Vattimo, la postmodernidad y la estética sobre la ética. Nunca he identificado el concepto de liberalidad con promiscuidad aunque creo que la serie, extrema como todas las series -y el problema lo tiene el que no lo entienda así, es decir, como ficción, ficción, ficción- fue un hito no solo de las tendencias sino de la forma de tratar a la mujer en televisión. Carrie y sus amigas son cuatro estereotipos con patas pero la serie se deja ver y, en algunos momentos, es incluso genial. Sin embargo, en mi opinión, el problema de una estupenda serie que empezaba diciendo que "no desayunamos con diamantes" y que mostraba que las Cenicientas ya no existían salvo por su interés hacia los zapatos; es que al final Carrie se casa con Mr Big, se compra un apartamento de cinco millones de dólares y en su armario hay más dinero del que se gasta en pagar a una pequeña empresa editorial cada año, no digamos que a trasmano de cualquier periodista de a artículo por semana en un periódico -muy- mediocre. Además del hecho de que SJP se empezó a creer Carrie Bradshaw, una mujer sofisticada, cool y, sobre todo, despampanante. Y no. No.

La cosa, por tanto, está en que hasta los estereotipos tienen una identidad: la de los estereotipos. Así Samantha podía llevar lencería con perlas auténticas y manipular a medio Nueva York para lograr un Birkin de Hermés; Charlotte podía casarse de Vera Wang tras contratar a un estilista de bodas y adoptar a un niño vestida de Chanel; Miranda... bueno, la letrada podía pagarle un traje muy muy caro a su novio y Carrie, santo cielo, Carrie. Carrie puede trotar por la ciudad con Manolos, Jimmy Choos, Louboutins, ir a Vogue vestidita de Dior por Galliano, llevar camisas de Cavalli para reafirmarse, hacer que alguien deje a la divina Natacha de Ralph Lauren -venga Big, venga- por ella y desfilar para D&G además de otros muchos varios cientos de delicias más.

Sin embargo hay algo que acompaña a Carrie y que le caracteriza, temporada tras temporada, mucho más que todo el resto del trabajo de Patricia Fields y ese algo es su collar de Carrie. Una baratija que compró en un mercadillo pero que no se aparta de su cuello. La verdad es que Carrie no deja de ser una chica americana de la América profunda y bajo todo el pulimento que va adquiriendo a lo largo de la serie y de algunas divagaciones que tiene el personaje que no provocan, precisamente, que te caiga bien sino demostrar que es una mujer y ya está, con una vida que aunque guionada, no deja de no estarlo y por eso es tan significativa la cosa del collar. La identidad de Carrie pende de su cuello. Siempre. Más alla de Dior, Chanel, Versace y Gucci, la verdad es que Carrie es ese collar que es una corazonada más que un gusto adquirido.

Cuando la neoyorkina por excelencia en uno de los episodios últimos de la temporada final de la serie, cuando se va a París con el ruso, Carrie recibe un regalo: una nueva vida y a juego con ella un collar de diamantes cuyo brillo ciega -t-(sus) ojos. Sin embargo, en medio de la vorágine parisina, Carrie pierde su collar y vive los peores momentos de su vida -en la serie-. ¿Qué hace la Bradshaw en París, sin Big, sin Charlotte-Samantha-Miranda, sin empleo, sin hablar el idioma y con un hombre como el señor artista? Finalmente, Carrie recupera su collar. Claro. Y vuelve a Nueva York a desayunar con diamantes.

Porque, la verdad, es que sí que desayunamos con diamantes.

Lo que pasa en la cena, ya es otra cosa. Ana Bolena, reina consorte de Inglaterra tras casarse con Enrique VIII, perdió la cabeza. Pero eso sí, nunca su identidad. De hecho, siempre llevaba el collar que se puede ver en este cuadro de fines del XVI, copia de otro de la década de 1530 que se ha perdido. La B de Boleyn. O el Carrie de Carrie. Así son ellas.

domingo, mayo 06, 2012

Un Detalle


Qué bonito es el collar de Giovanna Battaglia. Hay algo fascinante en los accesorios que se ciñen al cuello, en los collares muy ajustados. Generalmente se llaman choker pero este no lo es. Es un collar que a mí me lo recuerda aunque no tiene nada que ver. El choker se puso de moda en la época de Maria Antonieta, por ejemplo, en pleno XVIII francés o en la época georgiana en Inglaterra. A muchas personas no les gusta y hay a quien le recuerda a la sumisión quizá porque los punks de la buena de Vivianne Westwood hicieron mucho daño en los 80s -aunque la señora es estupenda-. A mí me encantan. Es cierto, sin embargo, que no son el accesorio más favorecedor que hay en el mundo pues se necesita un cuello como el de Nefertiti o mucha actitud. Otro día hablaré de porqué Ana Bolena era más moderna que Carrie Bradshaw, pero eso será otro día. Hoy es esto.