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domingo, noviembre 27, 2011

La Belleza No Es Sino El Atractivo


Anjelica Huston en los 70s era una modelo que partía la pana. Tomaba champagne con Manolo Blahnick y reía en la portada de Vogue París con el mar al fondo y un futuro de amantes y posibilidades por delante. En los años en los que Yves Saint Laurent se inspiraba en África para crear mujerones salidas de las fauces mismas de un león, la Huston campaba a sus anchas en una Nueva York que parecía cortada a su medida. Lo importante, no obstante, no es eso. Ni siquiera lo es lo sensual que posaba en Vogue Italia vestida como un pillastre a medio camino entre la androginia y el vampirismo expresionista sacado de una pesadilla de Munch o, quizá de uno de sus sueños.

Cuando en los 90s Woody Allen le dio el papel de Marcia Foxx en "Misterioso Asesianto En Manhattan",  su personaje-Larry- se siente irremediablemente atraído por esta mujer fatal que juega al poker y escribe libros en los que cuenta cómo es vivir con un poeta y ser crítico de cine, Allen le dice algo como “tanto talento y belleza”. Ella responde, “yo no diría bella”. Allen mira y dice, “yo sí”. Y, entonces, amigos, viene la jugada maestra. La dama se convierte en vampiro cuando responde “pero tengo un tremendo sex appeal”. Es una secuencia tremendamente erótica en el cine de Woody Allen y que define bien la belleza de Anjelica Huston. Va a ser verdad eso de que sin encanto, no hay belleza que valga.

miércoles, noviembre 23, 2011

El Comfort


Paul Morand dijo que Chanel tenía mucho de Robinson Crusoe porque construyó su moda como quien hacía un mundo a su medida. No anda falto de razón ni de genialidad en el comentario ya que fue Coco Chanel la mujer que inventó el concepto de la ropa de "sport" en la moda. No se puede negar la influencia que tuvo la gentry inglesa y la campiña británica en tal descubrimiento como no se puede negar que Boy Capel era el hombre que Chanel necesitaba -y maldita la suerte que el destino se le cruzó por medio-. Sin embargo, es igualmente cierto que si bien la ropa de la I Guerra Mundial de Chanel es profundamente cómoda y práctica, en el periodo de entreguerras, Chanel se dejó llevar por la bonanza y el lujo de los treinta que fueron al mismo tiempo gloriosos y miserables como solo pueden serlo los tiempos de decadencia y renacimiento.

Chanel en los años 30 se volvió loca y cosió a sus vestidos negros lamidos toda la gracia que se puede añadir a un traje con flores, encajes y pasamanería. Luego, en plena puja con la chiflada de Schiaparelli que orgasmeaba con los surrealistas y con los delirios de Dalí a la cabeza (quien lo mismo le hacía un perfume con una vela para celebrar todos los días el no cumpleaños que ponía en su tienda un mueble con los labios de Mae West hechos habitación y decoración de interiores o plantificaba una langosta completamente fálica en lo que parecía un ingenuo y delicioso vestidito), Chanel añadió ristras de perlas a todo, se hizo diamantista y creó joyas dignas de Cleopatra y de Nefertiti cuando alguna de ellas se dignaba a salir de su bañera de leche y puso lentejuelas, gasas y pedrería por cualquier sitio.

Mientras Elsa Schiaparelli se hacía más y más famosa y ella coqueteaba con el lado oscuro, París dejaba de ser esa fiesta que Hemingway tanto comentaba y se convertía más bien en un drama de opereta. Madame Gres colocaba una bandera francesa en su tienda en tiempos de la ocupación alemana, los nazis pasaban por alto el detalle encantador de que era judía porque esperaban que hiciese trajes de noche para sus mujeres y Chanel quería salvar el mundo, o condenarlo o vaya a saber esa modistilla que se inició como sombrerera lo que pensaba hacer. Luego se fue a Suiza y esa moda que había creado, esos pantalones de pintor, las camisetas de tirantes de albañil, las chaquetas roídas de pescador, las gorras de marinero y el comfort que había creado se desmoronó como el honor de Francia que acabó empapado por el agua de Vichy.

Chanel era una mujer fascinante con un humor de perros (por no decir simple y llanamente: "con mucha mala hostia") y en Suiza notó cómo hervía su sangre cuando Dior apareció en escena tras la Guerra Mundial y barrió de un plumazo todas las novedades que ella había creado y su nombre que, por cierto, ya estaba más olvidado que el de Rabanne hoy. Y, por envidia, volvió a salir a la palestra. Cuando llegó, el tipo de mujer que imperaba no dejaba de ser el de la mujer jarrón que ella tanto había luchado por erradicar y no pudo sino enfurecerse. Barrió de una patada todos los pintalabios rojos, los perfumes dulzones y amodorrantes, los corsés, los sujetadores cónicos, los zapatos de tacón de aguja que destrozan el parquet de una casa, los bolsos de fiesta donde no cabe nada, las faldas ceñidas que no dejan moverse, los abrigos que no abrigaban, los cambios de vestuario tres veces al día porque una no puede ir a almorzar y a cenar con la misma ropa y a las mujeres ociosas de Dior y sus secuaces que tanto éxito estaban teniendo en un mundo que realmente no se desharía de todos esos conceptos hasta los 70 con Yves Saint Laurent. Chanel volvió a la idea de comfort que anidaba en sus primeras obras.

Creó en los años 60s el traje de chaqueta que servía para las mujeres ociosas de Park Avenue cuyos maridos son médicos, para las princesas judías de Manhattan, para las parisinas adictas a la moda y las tendencias, para las mujeres poderosas que trabajaban y para todo aquel que encontraba en la moda algo con lo que moverse y respirar, cruzar los brazos, sentarse y echar a correr o apretar el paso sin precisar de un ayuda de cámara -el marido- que Dior veía tan necesario. Chanel dio libertad a las mujeres con ese traje para todo y siempre igual que solo cambia de color y de tejido según la estación oscilando entre la lana, el algodón y el lino y entre las botas, los zapatos y las sandalias.

Hoy, todo es Chanel. Es Chanel el jersey cruzado, el pantalón amplio, la chaqueta que permite movernos, el vestido a la rodilla 24/7 y los zapatos bajos para caminar y altos para resplandecer. Me gusta el concepto de cómoda elegancia lejana de la aparatosidad que Chanel tenía. El estilo de Coco realmente tenía que ver con esa máxima de la señora Rubinstein que decía "no hay mujeres feas solo hay mujeres descuidadas" porque la comodidad no riñe con la elegancia, la moda no se enfrenta con el deber y la contemporaneidad y, sobre todo, la mujer no deja de ser mirada al tiempo que, ahora sí, !ahora sí!, también contempla. Y Chanel lo hizo todo con una aguja y unas tijeras...

sábado, noviembre 19, 2011

La Delicadeza Y La Cursilería


Valentino al final de su carrera pecó, igual que Yves Saint Laurent, de cursi. Igual que Grace Kelly o incluso que Marilyn de cuando en cuando. Sin embargo, su trabajo no es menos delicado ni impresionante por eso. El problema está en la cantidad de veces que confundimos delicadeza y cursilería igual que confundimos lo romántico con lo ñoño. Al fin y al cabo, es una cuestión de matices igual que los distintos conceptos de Armonía que reflejaba Vitruvio en su obra y que hoy nos suenan indistintos. La gracia es la característica principal de la delicadeza porque el encanto no deja de ser mejor que la belleza y los matices son lo realmente trascendental. Algo puede pasar de aburrido a glorioso en un instante pero lo realmente magnífico es que también ocurre al contrario.

No paro de debatir con distintas personas sobre la permanencia del papel o su desaparición y sobre lo demodés que están los blogs y las páginas web e Internet. En mi opinión, el papel se debe volver algo delicado y lujoso. E Internet debe hacer lo mismo. Ya vale de blogs sensibleros que no dicen nada más que lamentaciones de creativos insomnes y de webs donde la cantidad de relleno y de neon que hay te llevan a pensar si no estarás en Los Ángeles. Lo mismo sobre las publicaciones que solo dejan deslizarlas al cubo de la basura tras echarlas un vistazo. Hay algo absurdo en los periodos de transición, hay algo muy poco Chanelesco en el Chanel de antes de la I Guerra Mundial y no deja de ser un tanto desilusionante ver a Balenciaga copiando a sus contemporáneos célebres de París cuando trabajaba en San Sebastián, en vez de explorar los matices de la costa vasca, la sensualidad de las mujeres de carácter de hierro. Hay que reivindicar fervorosamente lo que es nuestro y, es algo que se nos suele olvidar. Y, sin embargo, nosotros estamos en una etapa de transición hacia el conocimiento de las posibilidades de Internet y a la reordenación de esta cultura de la imprenta que tenemos en Occidente desde que el bueno de Gutemberg se decidió a darle caña a una prensa de vino.

Internet no deja de ser una caja desastre en la que todo tiene cabida y nada se encuentra. Es como ese cajón que todos tenemos en casa donde están lo mismo las tijeras que un imperdible que la postal navideña que un ex amigo te envió en el 92 (aunque sin pilas que tarareen el Merry Xmas). El género blogger es casi trágico. Me cuentan que un community manager -esa profesión metafísica- habla de los regalos que se hacen a bloggers (de moda y no) desde las marcas y sobre el quesito de la publicidad que ahora hay que repartir entre tantos. Bueno, la Wintour debe saber algo de eso porque Armani se cogió un buen rebote con la revista por ver sus prendas solo en los anuncios que pagaba.

Sin embargo, Internet me parece mágico. Y algo muy sutil y terriblemente delicado. No sé, quizá tiene algo de "La elegancia del erizo" porque nada es lo que te esperas. La Universidad española e internacional fue la madre de un efecto postapocalíptico de Internet: los enlaces. Es curioso que algo tan obsoleto y rancio como la bibliografía acabe sirviendo para algo. Desde que nuestra civilización ha comprendido que los dioses están en las pequeñas cosas, que la felicidad la dan los pequeños logros (una pequeña mansión y una pequeña fortuna que diría Groucho Marx) me parece que lo más delicioso es vivir una vida valiosa y sencilla.

Chanel en su etapa con Iribe, ese hombre terrible, (no sé en qué sentido, pero terrible de todas todas), también intentó vivir la sencillez que ya proclamaba con su inefable estilo del "quitar, todo es quitar". Sin embargo, no resultó porque Chanel estaba acostumbrada a la sencillez del lujo y no de la miseria. La sencillez no tiene porqué ser sencilla y austera, es más bien una cuestión de espíritu. Es díficil explicar esto, naturalmente, quizá más que entenderlo. Por eso, he decidido dar un rodeo a Chanel y añadir en vez de quitar, para muestra, tres -delicados- botones, un veneno, una filia y un inadvertido. Tres botones de una obra delicada.

martes, noviembre 15, 2011

Esmeraldas



 Me chiflan las esmeraldas. En general, todo lo que brilla. No me importan mucho las piedras en sí, pero siento auténtica debilidad por las esmeraldas. Tienen ese magnetismo inmaterial y fabuloso. Cualquier piedra produce a una mujer cuando se la pone, alegría. Un subidón. Es como un orgasmo caro. Entrar en Cartier, que saquen las joyas de los fajos de terciopelo y te dejen un espejo en el que verte con las piedras puestas. No sé porqué. Sobre las novias dicen que no deben llevar perlas porque recuerdan a lágrimas. Pero, el resto de las joyas están completamente permitidas. A mí me encantan las perlas, los diamantes me parecen una joya fría que es realmente mucho más inadecuada para algo que tiene que ver quizá con el amor y la pasión y que yo imagino, sí, rojo. Sin embargo, las esmeraldas son realmente mi debilidad. Yo también pienso, como Warhol, que es muy glamouroso reencarnarse en anillo -de esmeraldas- de Liz Taylor. Y, para muestra, un botón.









jueves, noviembre 10, 2011

Poder


Isaac Bashevis Singer dijo: "qué extraña fuerza posee la ropa". Qué razón tiene. Freud estudió largamente la relación de la desnudez humana con la inseguridad. Nos sentimos más protegidos, más seguros cuando vamos vestidos. ¿Por qué? Quizá esa vinculación se relaciona con los mismos motivos por los que ir vestido "de marca" -sigh- nos reafirma. Uno se pregunta, ineludiblemente, qué demonios pensaban los pobres Adán y Eva allí, en el Paraíso, desnuditos. Toda la cosa esa de desnudos estamos mejor y no, resulta que no, vestidos estamos mejor. O nos sentimos mejor. Es una hermosa paradoja, como eso de la utopía y el camino empedrado al infierno. Qué se le va a hacer. Además, ya no hay nada que temer, Chanel le dio libertad a las mujeres e Yves Saint Laurent, el poder. A nadie le extraña la fuerza de la ropa...

jueves, noviembre 03, 2011

Un Soplo De Aire


El lujo trata necesariamente de la exclusividad. Del deseo interior de ser una personalidad, individual, única y concreta que se reafirma a través de sus posesiones y mira al mundo de tú a tú diciendo "esta es mi historia" y muere con las botas puestas. Eso, si es que muere. El mundo del lujo se aprovecha de nuestra sed de reafirmación, de nuestro alma necesitada de distinción y de oportunidades y se cuela por las rendijas de nuestro subconsciente como un súcubo que aspira nuestras debilidades y nos ofrece un dulce consuelo a cambio.

Hermés es la Biblia del lujo, el apocalipsis. No te puede no gustar Hermes. No puedes no desear forrar un poco tu vida del naranja Hermes. No se puede evitar. Es así. Es un mecanismo cuasi genético. Es irresistible. La vida es mejor salpimentada con las mandíbulas batientes de un cocodrilo colgadas del brazo. La vida es mejor con el aroma a India y con un fulard de seda impregnado de perfume caro.

Dicen en el mundo de la publicidad que lo más díficil del mundo es vender un perfume. ¿Por qué? Porque es abstracto. Es algo completamente subjetivo que se vende al consumidor a través de ideas. Ideas que calan en él más o menos y que le llevan a desear ser la criatura que aparece en el anuncio o aspirar a su estilo de vida.

Es fascinante la capacidad de mímesis que tiene Hermes. La firma siempre ha sido el culmen del lujo, el coup de grace de la moda. Acaba con la frase de Wilde de pasar de moda y no entiende lo que significa el "morir cada seis meses" -o aún menos-. El lujo de Hermes es distinción, confianza y seguridad en uno mismo. "Puedes ir hasta Montecarlo para jugártelo todo hoy" susurra su bolso, "¿y no te gustaría visitar Alaska o Groenlandia y ver a Nanook comer un filete de foca?" sisea el abrigo mientras el perfume exhala suspiros que dicen "ser odalisca de un harén turco, enamorar a un sultán con los ojos de antracita, ser Roxelana quizás o una concubina a la que Alejandro Magno ama y pinta". El lujo de Hermes es el confort y las posibilidades.

La manta de cachemira te convierte en Madame Recamier, lánguida, postrevolucionaria, hermosa... Una mujer que lo tiene todo y que se queda extasiada ante la belleza. En cambio, la cesta de picnic de mimbre te dice que te atrevas, que saltes, que no me importa que llueva para ir al campo a comer sandwiches. Que no importa que sea noviembre y solo queden hojas y barro... Hermés es una caricia que te alienta, una mano de seda que nada tiene de garra, de acero, de puño ni de conmoción.

Hermes es un soplo de vida, de aire que se cuela en el universo de uno en forma de paquete metido en una caja naranja. Dice "de veras que hoy puede ser un gran día". Y uno se lo cree. Sin duda, la sugestión del cliente cuenta. Y mucho. Uno no puede evitar rendirse ante el imperio de la marca, de la conceptualidad metida en un puñado de letras y de la ropa con nombre de dios griego, de mensajero. A uno le dan ganas de hacer de Julio Verne y recorrerse el mundo, mapa en mano, con una botella de champagne metida en el bolso y cuatro copas que cuelgan de la puerta del camarote mirando desafiantes y esperando cualquier momento para ser abiertas.

Demonio. Hermes es un templo y nosotros somos sus... ¿sus? Sacerdotes es excesivo. Su público y fieles tiene un toque pasivo y se necesita ser activo para definirlo. Quizá seamos las columnas de ese bello templo griego que podría ser Hermes en una figuración. Quizá, quizá... Hermes, el dios heleno, se reconoce siempre por sus sandalias aladas. Del cuero más sensible, claro. Hermes por Hermes casi es como el Papa por Prada, un binomio excéntrico y delicioso.

Lo fascinante del universo de la marca de las cajas naranjas es la sutileza. Se infiltra en nostros y la deseamos sin razón, sin saber porqué. Queremos -y matamos- por un bolso que cuesta el salario medio de un español anuial, nos peleamos por un pañuelo que cuesta un mes de sueldo y uno lo espera como la eterna novia al pretendiente -y pretendido- Príncipe Azul.

Me encanta Hermes. Me encanta su publicidad. Hermes no te dice "mira mis zapatos", te dice, ¿has visto esa huella de oso?, y, ¿te has fijado en esa pierna deliciosa que se impone sobre el frío hielo como los colonos sobre los indios de Virginia?. ¿Qué me querrá decir, qué historia me irá a contar? Quizá Hermes no vive en un templo griego -tan abierto a primera vista- sino en el Templo de Salomón hebreo en el que todo se resume en el no poder pasar al Sancta Sanctorum.

Exclusividad. Ajá. Nos vemos las caras de nuevo. La exclusividad es una amante entregada o una puta cara. Según sea uno. Para anunciar un perfume, Hermes no recurre a subterfugios, a juegos mentales de identificación, a grandes producciones o a Sofia Coppola. Por favor. Hermes pone nuestro deseo más primigenio en primer plano y te dice: "ser feliz es ser un caballo al galope por la playa, volando ligero como una paloma blanca".

Y lo es. Malditos. No se puede comprar la calma como no se puede comprar el alma. Pero, !ay amigos!, ¿y si un poco sí?...