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viernes, septiembre 30, 2011

La Dulzura


Nina Ricci -esa marca de perfumes- ha presentado su colección de primavera verano 2012 en París. Nada memorable. Todo muy pasable. Adolece de la misma comercialidad y de la misma sutileza prosaica que la Semana de la Moda de Nueva York, es decir, de ser pret a porter. El término listo para llevar encaja a la perfección con el espíritu de casi todas las prendas que componen la colección. No hay nada que esté fuera de lugar, no hay una puntada que provoque palpitaciones ni un solo diseño que llegue al corazón. Sin embargo, hay amor en la rutina, por así decirlo.


Desde la casa, han presentado una colección muy dulce y etérea que encaja con el espíritu de Nina Ricci: hay polvos rosas que dan color a las mejillas de las jóvenes enamoradas, trajes blancos que convierten a las vírgenes en novias y elegantes conjuntos en azul marino y en negro que se entremezclan con estampados para pasear por la orilla del Sena o bailar en una barca sobre el río con una copa de champagne en la mano. Todo es fresco. Nada es novedoso. La lencería superpuesta a las prendas la hemos visto en las pasadas colecciones de Dolce & Gabbana y, a través de ellos, en las portadas de casi todas las revistas de moda de este verano (de hecho, el debut de Alt como directora de Vogue París fue con una de esas creaciones). Los abrigos años 60s sacados de las últimas colecciones de Prada y estampados en tonos hogareños y confortables, tampoco son una excepción. Los cortes con formas de corazón, las tocas que convierten a las jovencitas en princesas, los zapatos de salón estampados y forrados en tela con un discreto tacón y los accesorios sencillos y comerciales con abundantes brillos han poblado las pasarelas las pasadas temporadas. No hay nada que llame la atención.


Y, sin embargo, la colección tiene encanto. El pret a porter fue concebido para colgar la ropa directamente tras la pasarela en una percha, de ahí ser cogida en una mano, pagada en la caja, metida en la bolsa y puesta en casa -rpimero ante los ojos cómplices del espejo y luego ante los de la multitud- para salir con ella a la calle inmediatamente. El pret a porter, en realidad, debería poder estar colgado de las perchas de Zara. Aunque, claro, cuando se toca, cuando se lleva, cuando se disfruta, no puede uno sino conmocionarse por la pequeña maravilla que tiene entre manos. Todo debe ser delicado, estar bien confeccionado pero ser sutil.


Y no cabe duda posible acerca de la dulzura de la colección de Nina Ricci. Sin duda, dista de ser un proverbial ejemplo de maestría al estilo de las creaciones con las que Lagerfeld para Chanel, Galliano para Dior -en sus años buenos- o Alexander McQueen creaban para sus colecciones. No hay ni un ápice de sorpresa, no hay nada que deje boquiabierto, no hay bacos rampantes, no hay Mariantonietas desangradas y no hay icebergs que se derriten ni leones plantados en medio de la pasarela. Tampoco están Claudia, Linda, Naomi o Christy comiéndose la pasarela con sus melenas al viento, no hay nada del salvaje magnetismo voraz de Gisele en sus años mozos pre Victoria Secrets y tampoco hay nada demasiado memorable.


Pero, a mí, la colección me evoca disfrutar de la vida. No pasar a la historia. Los parisinos siempre han sabido vender muy bien su vocación hedonista y su lisonja zalamera de amor por la moda nacida en el XVIII francés al más puro golpe despótico de gobierno absolutista. Sin embargo, es interesante saber que ellos mismos son conscientes de que su fama -como todo- no puede durar. Por eso, las pequeñas marcas francesas basan su filosofía -su razón de ser- en la pura fugacidad. Y eso es lo que venden desde Nina Ricci: venden la juventud que todos perdemos, enseñan los momentos que deseamos repetir, los sueños que deseamos, los instantes de ensueño que nos reavivan el alma.


No se trata en realidad de grandes cosas, dejemos todo eso aparte -si quieren para la Alta Costura, si quieren para los grandes hombres- y vivamos la vida como si fuésemos a morir mañana. Quizá podamos colarnos como Cenicienta en un baile y encontrar la felicidad, quizá tengamos que regresar con las manos vacías y convertirnos en polvo gris. Pero, ¿hasta entonces podemos ser mariposas y volar lejos y lejos con nuestras alas de colores? Por favor, que sean de color lila como las de Nina Ricci...


domingo, septiembre 25, 2011

El Cándido Progreso A La Busca Del Paraíso Perdido De Prada


Hay quien piensa que la colección de Prada primavera verano 2012 es blanda, dulcemente adolescente e indolentemente juvenil. Yo, evidentemente, creo lo contrario. La dulzura de la colección es una apariencia, bajo ella, se esconden unos ideales poderosos entremezclados con el eclecticismo propio de los hijos de nuestro tiempo. Lo que sí que encuentro ligeramente distinto con otras colecciones presentadas por Miuccia Prada es que, esta, a diferencia de las otras, es favorecedora. En Prada se hallan inmersos en la conceptualidad y el mundo del pensamiento críptico y a veces, en sus delirios de convertir a las mujeres en ninfas o en ranas de charca -qué se yo- se olvidan de ese lastre de la cultura occidental: la belleza -de la mímesis-.


Sin embargo, esta es una colección -a primera vista, al menos- más fácil. Ni hay monjas reprimidas sexualmente pero con el deseo a flor de piel a punto de rasgarse las vestiduras, ni hay jugadoras compulsivas de ruleta rusa ni socialistas convencidas que protestan vestidas de YSL en la comuna; Prada vuelve a los orígenes débilmente pero con paso firme.


Prada sigue fascinando con los años sesenta, esos en los que todo era posible. El hombre iba a llegar a la luna -incluso los pobres humanos pueden ir montados sobre un cohete (sigh)- y la velocidad, la carrera espacial, la lucha de bloques, la Coca Cola y las máquinas eléctricas revolotean bajo la prosperidad nacida tras la II Guerra Mundial.


Lo fascinante de los años que Prada describe, que propone para nosotros mismos, es que tienen una apariencia desenfrenada de años 50s. Ellas, con el pelo impoluto. Las joyas, discretas. Los zapatos, de tacón fino. La falda de vuelo y el abrigo de manga francesa para ir el domingo a la iglesia. Un traje de baño con pedrería para la piscina de la urbanización. Y un coche rápido para quemar el asfalto.


Miuccia Prada propone a una mujer que es agresiva sin serlo, que bajo la garra de seda, esconde un filo de acero. Hay pequeños saltos cualitativos en las colecciones que proponen desde la marca para los años 60s, hay suspense y tragedia mascándose en el ambiente perfectamente opresivo; hay luces de neón, absurdo y comicidad para los perdedores; hay adolescentes que se vuelven conscientes, de repente, de que existe el erotismo y las bocas fruncidas a la francesa, groupies y guays del palo del Londres vibrante de los Beatles y -mis favoritas- las damas de hielo.

La nueva mujer que Prada propone, continúa en la estela de los años 60s que, al fin y al cabo, son con los que Prada comenzó su carrera. Faldas de vuelo, secretarias, gafas de sol sacadas de un delirio tecno, mujeres que parecen mujeres y no por ello son menos poderosas, barras de labios estampadas en las faldas, tacones con los que no se puede correr por el césped de la casa con valla blanca y el cabello pulcramente -y artificialmente- perfecto de peluquería. La propuesta de Prada, está clara.


Hay una historia para la joven recien casada que hace su luna de miel en Roma y que corretea por la Fontana de Trevi como una americana alocada que, es lo que es. Por la noche, aguarda la cena y el baile y, qué bonito es bailar en la ciudad de las siete colinas, como una princesa esperando a ver si un periodista te hace una foto con una guitarra... Un paseo en Vespa y la melena volando por la ciudad, un helado y un cigarro e incluso una copa de champagne. Luego, en América, esperarán los hijos, el futuro, el perro, los ascensos, los momentos difíciles y las discusiones pero... ¿ahora? Todo eso queda muy lejos.


Si tuviera que describir en una sola palabra la colección, diría esperanza. USA es más fuerte que la URSS, un americano pisará la luna, nuestros hijos serán perfectos y puede que hasta lleguen a Presidente, Kennedy ganará las elecciones y Jackie le enseñará al mundo que las americanas pueden ser elegantes, los negros se igualarán a los blancos y las mujeres se dejarán caer en los brazos de sus maridos amados.

En otras palabras, confianza en el futuro. Los años 60s fueron bastante ingenuos, por un lado, Cardin y Mary Quant y Courreges hicieron creer a las mujeres que pronto se iban a vestir como astronatuas porque las casas de vacaciones en Marte estaban a la vuelta de la esquina. Los hombres creyeron que podrían tener todo lo que deseasen ya fuese un Cadillac o la esposa más bella de la fiesta. Los jóvenes nacieron convencidos de que vivían en el mejor mundo y que era posible -incluso- mejorarlo. De hecho, la búsqueda del paraíso perdido es típica de los 60s, años de una fugacidad imperecedera.

Y, sin embargo, nosotros mismos seguimos siendo bastante ingenuos y no solo porque nos gusten de verdad las Stephord Wife, los cuentos con moraleja, la serie Mad Men, el humo cegando los ojos y ver a Marilyn contoneándose ante el Señor Presidente o sobre unas tomateras... Quizás, lo que Miuccia nos quiere decir es que bueno... los 60s fueron -a su manera- un dulce paraíso, con sus momentos amargos. Pero, ¿podemos volver a revivirlo?, ¿queremos?. Miremos adelante. En la próxima curva, hay mujeres perfectas y, ¿en la siguiente?... sigamos buscando el paraíso pero no uno que perdimos, sino el que fabricaremos.

jueves, septiembre 22, 2011

Burberry, Un Verano Inglés


Semana de la moda de Londres, desfiles para el verano de 2012 y Burberry (´s). Bailey está exultante. En un par de años ha logrado sacudir a la marca de todo su rancio abolengo y hacerla deseable para las jovencitas trendsetters. Sin embargo, Burberry sigue manteniendo también ese lado innegablemente inglés de rosas en la mansión de campo, troncos ardiendo en la chimenea y ponche de huevo en Navidad.


Lo bueno de la colección de Burberry es que se deja de delirios de grandeza y de cosas absurdas que les da a los diseñadores por querer hacer, leáse convertir la marca de gabardinas en una de trajes de noche o leáse prohibir a cierta tribu urbana, completamente alejada del cánon estético de la marca, usar sus complementos. Bailey retoma la tela de gabardina y la revisa y la actualiza. Algo como lo que hacía Ghesquiére en Balenciaga con sus glamoamazonas de los 60s que parecían flores de loto tecnológicas -o sea, antes de que se le fuese la pinza con la construcción-deconstrucción y los cortes por láser-.

Bailey hace gabardinas más ajustadas, que podría llevar Twiggy en un arrebato de genialidad y con las que Viviane Westwood podría correrse una buena juerga con los Sex Pistols sin desentonar un ápice. Por otro lado, la marca sigue sonando con su verano sombrío y lluvioso a escapadas por el campo con botas de agua de color verde loden salpicadas de barro -eso sí, con un vestido blanco inmaculado digno de Jane Austen- y a trencas y gabardinitas beige que cortan el viento húmedo y permiten correr por la playa, hacer el amor y ser feliz mientras llueve.


La pieza mítica de la firma, la gabardina, se renueva. Pero de verdad. Son las prendas las que han cambiado porque las chicas siguen siendo las mismas: quieren correr, quieren jugar, quieren gustar a su novio, poder mancharse un poco y salir de fiesta a un pub a tomar algo en la hora feliz. Quieren ser rosas inglesas con pétalos de gabardina, y también quieren ser simplemente chicas más allá de la ropa.

Son bonitas las declaraciones de intenciones. Tanto como las tradiciones. Tanto como las viejas cosas nuevas. Es nuevo y hay nostalgia... !tan honesto!

domingo, septiembre 18, 2011

Las Infantitas de Oscar


No hay nada más aburrido que la Semana de la Moda de Nueva York donde todas las mujeres se convierten en grandes damas y todas las jovencitas histéricas pueden ser consideradas trendsetters. La moda americana ha partido siempre desde el punto de vista de la comodidad y la rentabilidad y las pocas sorpresas que reúne cada temporada se cuentan con los dedos de una mano y suelen llevarse el gato al agua los mismos creadores. Marc Jacobs, Rodarte, el dúo de Proenza, Alexander Wang y Altuzarra son últimamente los escogidos para marcar el ritmo del qué se lleva y del qué no se lleva. Al margen de sus propuestas, Marchesa presenta arrebatadores -o no- trajes de noche que se verán en las Alfombras rojas norteamericanas y Ralph Lauren y Oscar de la Renta son dos apuestas seguras.


Lo bueno de la NY Fashion Week es que ni decepciona ni sorprende. Es lo que es. No tiene pretensiones de engañar a nadie. Permite a las mujeres y a los hombres del mundo saber qué van a vestir seis meses antes de que lo vistan y es un auténtico pret a porter que, es algo que se echa de menos. No hay espectáculo, no hay deseos insatisfechos y no hay engaño. La moda se entiende como negocio, como forma de fealdad sustituible, como dinamo de la industria, de la sociedad de consumo y como un campo con el que rendir un tributo temporal a la belleza.


Por eso, se permite jugar y meter baza con el típico tópico de que Nueva York aburre porque, francamente, al 98% de las veces lo hace. Y Tom Ford lo sabe bien porque ha decidido rematar a la ciudad de ciudades y mudarse a Londres para presentar sus colecciones femeninas. No obstante, a mí me gusta la semana de Nueva York. Tiene diseñadores maravillosos que entienden las necesidades de la mujer actual y se dejan de bacos, de báquides y de cuentos. Uno de ellos es Ralph Lauren, el otro Oscar de la Renta.


De la Renta es un gran diseñador que ha dejado momentos inolvidables para el mundo de la moda tanto en su propia firma como en Balmain cuando hacía unos trajes de noche que eran una delicia y con los que uno entendía a la perfección el significado y el concepto de Alta Costura. Sin embargo, a De la Renta le pasa un poco como a Armani. En el inconsciente colectivo, es un diseñador aburrido que trabaja por y para las princesas judías de la Quinta Avenida y que se vende a los petródolares y a la elegancia rancia y conservadora de abrigo de piel, bolso de cocodrilo, traje sastre, anillo de Tiffanys, perlas y rosas blancas en un jarrón bajo una obra de Warhol.


Sin embargo, en su colección de primavera verano 2012, De la Renta se luce. Hace un magnífico desfile lleno de sus señas de identidad: las mujeres blancas, anglosajonas y protestantes y las judías ricas que compran Vogue y lo que sale en Vogue y esas cosas de Anna Wintour. Pero, además, demuestra que si tiene un nombre, lo tiene bien merecido.

La colección es absolutamente primaveral, deliciosamente veraniega y llena de maestría. Tiene un punto inconfundiblemente actual y al mismo tiempo, rebosa de tendencia historicista. De La Renta no hace palabrería con el vintage ni con la inspiración. Planta a su smodelos sobre una alfombra blanca y las hace desfilar como si fueran Titania y él fuese Oberon. Y así es. El sueño de una noche de verano.


En mi humilde opinión, este vestido rosa y el siguiente modelo amarillo son dos de las prendas más hermosas que he visto en mucho tiempo. Estoy segura de que a Velázquez le hubiese gustado pintarlas. La colección tiene un sabor español poco tangible pero muy presente. De La Renta demuestra que España está más allá de los tópicos de la piel de toro y consigue recrear el esplendor y la magnificencia de una corte barroca pero trágica. En mi opinión, el guiño al Barroco encaja perfectamente con el momento económico en el que nos encontramos.

 

Porque este amarillo, este vestido, esta magia, este hada... hace desear seguir viviendo.
Lo que para mí es el verano.
Desear que sea eterno. Al menos, como un sueño.


jueves, septiembre 15, 2011

Los Caballeros Las Prefieres Rubias


Marilyn Monroe. El nombre es tan dulce como la mujer que se esconde -y, sí, en este caso se esconde- debajo. Una rubia platino febril con unas ensualidad innata y tan sutil que precisa de una cámara para brillar en todo su esplendor. A las mujeres guapas no se les permite ser buenas actrices porque todo el mundo se pierde en su hermosura y, en el caso de que fuesen feas, no se les permitiría ser actrices por lo que están atrapadas en un bullicioso mundo sensorial extraño. Capote pensaba que Marilyn era una absoluta delicia -aunque también fuese un tormento- y fue amigo de la estrella. De hecho, es probable que siga bailando descalza con él en el Marocco... Billy Wilder tampoco la soportaba y estaba convencido de que rodar con ella "Con faldas y a lo loco" había sido una gran tortura -aunque una gran película-. Además, Marilyn tenía una vida intelectual sensacionalmente trágica y dulcemente sensitiva, era capaz de entender que en Hollywood te daban mil dólares por un beso y unos centavos por el alma y también comprendía la frívola y descarnada realidad de mirar cómo el cuerpo de una bota delante de un espejo completamente disociado el espíritu de la materia.


Actualmente, con una gloriosa Marilyn muerta y con una leyenda tan salvaje como deliciosa, no resulta difícil comprender que la estrellona estaba estrellada y que la más bella era una pobre mujer. Marilyn buscaba la felicidad y no la encontraba. Componía poemas en los que seducía al suicidio. Enseñaba sus cicatrices delante de una cámara cubierta apenas por nada, tan solo con un velo como el del templo de Jerusalem que, claro, al final, se rasgó. Marilyn tiene incluso su maldición negra persiguiéndola. No pudo envejecer. Quizás no quiso. La muerte la encontró al margen de toda circunstancia y se la llevó enfundada en un traje de Pucci verde agua. Cantó aquel Happy Birthday desgarrador en medio de la conmoción de todos. Cantó sobre los diamantes y sobre las rubias. Y Capote quería que cantase con acento del Sur que no quería dormir ni morir sino correr por los prados del cielo...


Sin embargo, el mito de Marilyn sigue bien vivo. Probablemente es una cuestión de morbo. O quizá no. Marilyn también necesita el filtro del tiempo para brillar. El blanco y negro desfasado de Some Like it Hot me parece un dulce acompañante para la escasa o amplia sutileza de Miss Monroe, según se considere. No obstante, parece que la rubia sigue dando que hablar. No se trata ya sólo de que Marilyn -que nunca fue un icono de moda para nadie pese a que sí que ha sido una inspiradora con su esencia para muchísimas personas- haya marcado tendencia. A la Monroe le gustaba Pucci, le gustaban los vaqueros cortitos, las blusas anudadas a la cintura, los libros, el pelo platino y carecía de gusto y de perspectiva. Capote contó muchas veces que la pódías confundir con una monja si la vieses vestida a veces. Monroe quería ser una mujer normal y esa es la antítesis de lo que es una verdadera marca tendencias. No obstante, eso no la ha impedido convertirse en todo un mito y en un icono.


Anna Wintour la ha convertido en su portada de Vogue USA de octubre de 2011 fotografiada por Leivobitz. En el interior, Michelle Williams hace un remedo de varias imágenes icónicas de la artista. No me satisface nada la producción.  


Ni que decir tiene que no le llega a la verdadera ni a la suela del zapato pero tampoco tiene el encanto de la histriónica sesión de Lindsay Lohan para Vogue España de hace un tiempo. En aquello todo tenía un halo de atrezzo, de prefabricado, de absurdo... lamentablemente no se puede decir lo mismo de Vogue US. Marilyn está criando malvas parecen decir sus imágenes. No tiene vitalidad. No tiene chispa. Y bien sabe Dios que si algo tenía la Monroe era chispa...


No obstante, no es la única revista que ha caído al influjo de la rubísima. Ciertamente pretender que todas las rubias platino se parecen a Marilyn es una boutade. Sin embargo, uno no puede evitar comparaciones -odiosas- con la portada de Vogue París Octubre 2011 -!también coinciden en el mes!-. Es curioso pensar que la wasp Wintour encaja en gustos con la Alt que siempre ha querido más bien ser un chico chicazo. Ambas escogen un vestido de fiesta rosa, una rubia platino y un fondo azul. Incluso la postura es similar. Aunque USA es más recatada y privada y París escoge algo más descarado y sexual. La verdad es que en este caso, la Marilyn es menos íntima y más prefabricada versión L.A. Algo que Alt ya ha explotado como con la Daria que recorría vestidita de Chanel las palmeras de Hollywood... Hay más piscinas, más cielos azules, más platino, más lentejuelas, más vestidos de fiesta con ballenas y menos dulzura. No es ya la Marilyn Monroe auténtica sino más bien una carnación hollywoodiense. Como cuando a Kim Novak los estudios la querían llamar Marilyn.






Pero las cosas no paran con la falta de originalidad o la uniformidad estilística de las dos cabeceras más importantes del mundo de la moda y del estilo. No. Dior, el contrapunto de Chanel y actualmente barco sin capitán, ataca. Grace Kelly, Marlene Dietrich y Marilyn Monroe se topan con Charlize Theron. Marilyn se cruza tres veces en el anuncio como si quisiera decir que este octubre es suyo. J´Adore de Dior, el perfume por el que Carmen Kaas se convertía en musa dorada al bañarse en una piscina de auténtico oro líquido, se ha vuelto más comercial. Mucho más. La sudafricana se hizo cargo de su imagen y pasó a desvestirse al ritmo de la música en las televisiones. Y parece que funcionó bastante bien. La dirige Jean Jacques Annaud bajo la música de Heavy cross del grupo Gossip. Primero Marilyn se pinta los labios, luego es la única que tiene voz diciendo Dior con voz acaramelada y finalmente sale junto con las cuatro damas en escena. La Kelly, la Dietrich -que realmente está un poco perdida en el vídeo- y la Monroe miran a la Theron pasar de largo. No obstante, es bien curioso que la mujer que dormía desnuda salvo por unas gotas de Chanel Nº5 sea la escogida para vender J´Adore de Dior...

Pero es que es verdad lo que Capote decía, el mundo es peor sin ella.
Por eso hay que rescatarla.




miércoles, septiembre 14, 2011

La Femenina Frivolidad


Winterhalter pintó a Eugenia de Montijo, Emperatriz de los franceses, vestida del tono de sus ojos. Worth había hecho que un tintorero crease artificialmente el color exacto y la vistió con él a menudo. Hasta la llegada de la española, el buen gusto proverbial de los franceses había caído en el olvido. En Inglaterra, la reina Victoria era la que realmente mandaba y fue su estilo de vida el que se importó por todo el mundo. Sin embargo, sería coetánea de dos mujeres maravillosas: Sissi y Eugenia de Montijo. Claro está que mientras que Sissi era un espíritu libre, Eugenia era más bien un general. Y lo era en todo.

Lo fue hasta en el mundo de la moda y la frivolidad. La joven tenía los hombros caídos y consiguió que todas las mujeres de Francia llevasen escotes que produjesen ese efecto. Cuando estaba embarazada de su único hijo, no le gustaba su figura, por lo que Worth hizo que´la crinolina fuese completamente circular y tuvieron que ensanchar las puertas para que las damas pudieran pasar. Al margen de las pequeñas anécdotas relacionadas con la moda como por ejemplo que Worth -el muy tirano- le regalase a la Montijo un bolero para llevar con sus trajes que es la chaquetilla torera que llevaban los majos de España en época de Fernando VII, Eugenia reorganizó la corte imperial de arriba a abajo y fue la impulsora del Canal de Suez pero eso, al caso, no importa. Eugenia creó el diseño de la vajilla de Napoleón III, se rodeó de joyas imponentes que contribuyó a inventar -como un cinturón de diamantes articulado- y, además, siempre hizo que todo el mundo le diese tratamiento de emperatriz.

Ni que decir tiene que fue la principal valedora del enlace de la buena de Victoria Eugenia de Battenberg con el simpático Alfonso XIII y tampoco hay que dudar de que algunas de sus joyas siguen estando en España. No obstante, la Montijo tuvo muchos enemigos a lo largo de su vida. Aunque fue aclamada como emperatriz de los franceses y las mujeres la imitaban en todo lo que podian, fue severamente criticada por la excesiva dedicación que ponía en montar por ejemplo y también en mantenerse en forma -aunque tuvo una época en la que engordó mucho y se avejentó rápido tras todo el asunto de Suez y del más que evidente fin de su marido como emperador-. Compartía esa afición con Sissi por ejemplo. También compartia con la Emperatriz de Austria el hecho de que ambas se teñían el pelo ya que Eugenia era pelirroja. Además, Eugenia siempre había sido pobre.

Todo el mundo conoce la historia de las violetas que se ponía en el vestido porque hacían juego con sus ojos y porque -sobre todo- no tenía para joyas. Sin embargo, en el momento en el que los franceses la comenzaron a llamar "la española" le pasó como a la otrora reina de Francia que ella también había emulado para Winterhalter: la despidieron. Cuando a Mariantonieta la llamaron "la austríaca" y Madame Déficit -el que Napoleón III había creado, por ejemplo- no tardó mucho en ser largada a toda prisa del trono de Francia. A la Montijuela le pasó igual...

Además también era tildada de derrochona insufrible y de generala. Cuando Winterhalter pintó el dulce cuadro de Eugenia con sus damas de compañía vestidas a la última moda en medio de un escenario paradisíaco, la sociedad lo considéró frívolo. Hoy en día rezuma alegría de vivir -pese a que las mujeres iban metidas en esa espantosa jaula de pájaros- pero, en aquel momento, la apariencia fue un engaño.

Y, sin embargo, Eugenia pudo pasar a la historia con la misma dulce calma que en el cuadro... es posible que -aunque sus nervios no se lo permitieran- ahora esté haciendo algo similar... quizá convertida en violeta al borde de la costa vasca por ejemplo. Una del color exacto de sus ojos. Del mismo que el lazo de su vestido. Quizá aún charla con Sissi de sus problemas aunque, probablemente, simplemente se den un baño en el mar. Luego se pueden encontrar en una pintura de Winterhalter, en una en la que Sissi tenga estrellas en el pelo y en la que Eugenia tenga los ojos de un morado rabioso haciendo juego con su carácter irreductible. Bonito sueño, claro, pero bueno, quizás ya están en el paraíso... al menos, en esa hierba, parece muy cómoda. Es todo un consuelo Montijuela.