Archivo

jueves, abril 28, 2011

Líneas


Se trata de la línea que, en la mayor parte de la historia, en el vestir ha sido siempre vertical. Esto se evidencia hasta el extremo en los años finales del XIX largo, justo antes de la I Guerra Mundial y de Chanel. Las mujeres eran líneas, iguales a las de la primera Edad Media e iguales a una especie de I con punto porque, la cabeza iba siempre cubierta. Esto me recuerda a la Jequesa Mozah de Qatar. Pero eso, mañana.

miércoles, abril 20, 2011

El Propio Pasado Y El (Im)Previsible Futuro



Sabía que había visto estos colores en alguna parte. Y no solo porque el rosa sea el color de la temporada, que lo es, sino porque también estuvo en nuestro pasado. Este rosa émpolvado se llevó a finales de los 80 cuando los tonos de Miguel Ángel parecieron ponerse de moda en la ropa. Mucha gente no lo recuerda o no lo sabe porque la memoria colectiva de los 80s se reduce a ciertas veleidades Almodovarianas o la era del sida y Halston que es barrida automáticamente por Mugler, Montana y Alaia o Versace con sus melenas rubias, sus caderas estériles y los andares de valquiria del inframundo. Pero estos años también estuvieron.


Unos años en los que a Lagerfeld le dio por un Mediterráneo que tiene muy abandonado. A Lagerfeld le interesó la luz del sur de Francia, el mar que parece de postal, los cielos azules y los campos de lilas llenos de trigo en los que vino, vida y amar se hacen uno entre sábanas blancas y los sonidos propios de la cosecha y la jornada de sol a sol. Es cierto que su visión era lírica, melancólica y propia de una Arcadia que no podía ser pero aún así la bellísima teutona rubia, la Schiffer, tendía y recogía su ropa entre una luz celestial vestidita de negro Chanel, miraba al sol y al cielo con un vestido blanco y el pelo hecho trenzas en lo alto de la cabeza o paseaba entre campos de espigas verdes y oro buscando la vida que se escapaba entre respiraciones.


Luego Karl Lagerfeld volvió a Alemania, se olvidó del sur de Francia que es España con sus toros, sus acueductos romanos, sus templos antiguos a los que las floren les crecen por las esquinas, se olvidó de las manos ancianas que bordan, de los niños vestidos de perlé cuando gatean y las niñas vestidas de piqué cuando corren. Se olvidó de las mañanas de domingo, de las tardes de viernes y de las mañanas de lunes y puso sus ojos en una Europa más fría, menos cálida, menos risueña, más desarrollada y envolvió a la rubia que vivía en el cielo de los viñedos en tweeds, en cueros y en insignias metálicas delante de las puertas de Berlín.


Poco más tiempo le ha dedicado Lagerfeld a la melancolía después. Más bien nada. Le ha absorvido el presente, el presente convulso de la tecnología, la acción, las heroínas de ciencia ficción, el poderoso dolar verde y los desvaríos de cantantes de rock, de Briggite Bardot y de la adolescencia teen que tiene blogs y ego y dinero para gastar ("pasta larga" que diría Vivian en Pretty Woman). Los pantalones llegaron a la Costura, el vaquero revolucionó el mundo de tweeds, perlas y acolchados en Chanel y Lagerfeld se plantó el mundo por montera haciendo que en Chanel se vetara a todos los que tuvieran demasiada edad celebrando los cantos a Narciso, bello, joven y maldito antes que a la senectud del invierno.


Se ha dedicado a las jovencitas de risa fácil, de taconeo tonto, de murmullo demasiado alto, de fugacidad contenida, de juventud ignorante y ha olvidado un poco a aquellas grandes damas que corrían por la Ópera diciendo no, que cantaban con sus balcones en pleno París la balada al desamor del egoísta, que creían que a un hombre nunca se le odia tanto como para devolverle los diamantes y que no sabían nada de gatas sobre tejados de cinc calientes olvidando que Tiffanys no era una primera necesidad sino una bagatela de la indiferencia. Chequera, pitillera de oro y pluma Cartier. Perfume algo antiguo y ramilletes de peonías por una casa con más de Gagosian que de Colette. Y desde luego, más de Sorolla que de Warhol.


Supongo que las jovencitas le han traído alegría a Lagerfeld sobre todo en los pequeños detalles. Son coquetas, caprichosas como gatitas y divinas. Tienen ese joi de vivre que entusiasma y que lleva a hincar la rodilla en tierra con un anillo que no se puede pagar dentro de una caja de terciopelo y de prometerse por toda la vida cuando solo se alcanza a pensar en los siguientes veinte minutos. Se contonean deliciosamente, aún no saben nada de amarguras y solo piensan de la femineidad que es algo que sirve para divertirse y disfrutar, teniendo que arquear las cejas cuando oyen esa vieja consigna de Prada que las habla de "femeninas pero no débiles" porque ellas no saben aún ni de fortaleza ni de adversidad ni de vacas flacas. Piel tersa y expresiones candorosas es lo que tienen... y bueno, quizás también... ganas de príncipe azul.


Porque al fin y al cabo, el amor es lo que ronda por todas las colecciones de Lagerfeld. Amor que se consigue por la belleza, por el ingenio, la sofisticación y el querer ser mejor para estar con el otro. Lagerfeld no sé si sabe mucho de amor, de amar... tiene el lirismo de un poeta  y la frialdad de un genio para con las pasiones, cuando quiere fuego es un volcán y al siguiente segundo extiende una lengua de hielo por el magma dejándolo muerto. En sus colecciones veo mucha más sofisticación, mucha más delicadez, mucha más amabilidad, simpatía y erotismo que amor.


Aunque siempre destaca el amor por el trabajo bien hecho. Que supongo que para los solitarios como Lagerfeld o como la propia Chanel es una prima de satisfacción. Coco se paseaba con aquel cigarro de obrero entre los labios dando órdenes y diciendo "esa sisa así no, que tira, cruza los brazos para que no sea estrecho, muévete, ven ven, aquí, si, aquí, dejénme a mí, yo lo haré, no saben hacer nada, a ver... cruza ahora los brazos, ¿ven? todo está bien cuando se pueden cruzar los brazos..." y seguía fumando mientras tanto. En cambio, Lagerfeld se deleita en los bordados -esta colección de HC primavera verano 2011 está confeccionada bordada íntegramente, hilo a hilo sobre una mesa con pasador- y en el brillo de las aves que vuelan en la noche.


A veces parece que se vuelve francés porque veo sus Maria Antonietas, sus recogidos versallescos, su afectación excesivamente brillante, vibrante, cursi, ñoña, rosa pastel, blanco cristantemo y ampuloso el perifollo pero otras me parece solo delicado. Se que todas sus Maria Antonietas piensan en su Petit Trianon, en sus gallinitas, en sus huevos, en la vida silvestre, en las margaritas, la leche fresca, el agua del abrevadero, la noche estrellada y en el amanecer. Y eso sólo tiene una explicación...


Cuando le preguntan, Lagerfeld dice que se inspiró en aquel cuadro de Marie Laurencin que Chanel rechazó porque no se encontraba en él, porque aquel delirio de los años 20 con una Coco modosa, lánguida, perfumada como una diva de Cabaret apartada de la vida de cocotte poco tenía que ver con esa Chanel que ella era y que ya no recordaba nada de las canciones que le susurraba a Etienne Balsan. Pero yo sé la verdad. Lagerfeld nunca ha podido quitar de su mente aquella rubia riseuña que corría por los prados del cielo envuelta en violetas y en rosas frescas que aún conservan su olor, que tomaba vino apoyada en la baranda y que lo mismo era capitana que timonel con tal de arrancar una sonrisa al hombre de su vida, sí, ese que hace la foto. No quiero decir nada más sobre los viejos tiempos, son viejos pero... fueron tan buenos. 

viernes, abril 15, 2011

Sport


No miento. Vuelven los 70, vuelve Ibiza, vuelve Marruecos, Yves Saint Laurent y Jane Birkin y también los rasta, la cultura reggae y las tribus urbanas. La colección de Céline para este verano se ha convertido en su publicidad en un canto a lo étnico, a lo calmado, a la velocidad concienciada con el m edio ambiente, al mundo cool, distraido, contemplativo de la vida que lo mismo entrecierra los ojos con un canuto de maría que con una noche estrellada durmiendo al raso, si es posible, en una playa de Ibiza.


Ellas se vuelven ellos y ellos se vuelven ellas. Todos se vuelven todos. ¿Oficinista? Un traje pantalón de lino, fresco, blanco, estampado, talla grande -como si hubieras perdido peso por la disentería que te causó tu último viaje no-por-ruta-turística a la India- y un bolso serio donde decir a tus clientes que sí, que molas y que tienes algo en el cerebro. ¿Urbanita? Un skate -patinete- y así ni los 110, ni los 30 ni nada. Más verde imposible. Ni una bicicleta por mucho que le gusten a The Sartorialist. Se trata de no posar en las fotos de street style, de llevar gafas de sol fuera, es decir, como toda persona normal y de tener las distracciones a mano para gozar del verano. Ni sexo alocado a lo rica heredera ni conceptualismo de Prada de bibliotecaria que es rata chic de biblioteca.


Y sí, mucha elegancia. Elegancia en el saber vivir, en tomar vino en un vaso de plástico en la playa, en enredarse el pelo lleno de arena y de sal, en pasear por la ciudad ajeno a las preocupaciones, al qué diran y al ritmo de diatriba alocada de los tiempos. Se trata de ser un poco más consciente de uno mismo, como decía Balzac de la importancia del andar, moverse, pensar y no pensar en ello. Se trata también de estar cómodo. De la multiplicidad y de la ubicuidad. ¿Encorsetamiento, estridencias, pop cultura? No. Rotunda la negativa. Se trata de estar cómodo con lo que llevas, como si la ropa fuese el hogar que transportas; y poder vivir con  ellos las veinticuatro horas del día, para una fiesta, para la oficina, para hacer el amor por la noche o para amar por la mañana. Y es que, es cierto lo que dijo Yves Saint Laurent, "la mejor prenda son los brazos del hombre que te ama". Y es que queremos ser y no llevar. Parece que en Céline lo entienden, al menos, como una bonita Arcadia.


martes, abril 12, 2011

Jane Birkin


Jane Birkin. El que no sepa quién es esta peligrosa y deliciosa jovencita tiene un buen problema. Porque probablemente tampoco sabe lo que son las puestas del sol vistas reflejadas en el mar, llevar libros para el avión en cestas de paja, que te diseñen un bolso con tu nombre en Hermés y que te lo den envuelto en una de esas cajas naranjas, comprar algo tan caro que no te lo puedes permitir y luego hacerte preguntas de porqué lo has comprado, una noche loca, bebidas espumosas y estruendosas, música alta y una boda en la arena con un amigo de toda la vida o un desconocido de toda la vida o al menos, con Serge Gainsbourg. y con coronas de flores a la cabeza y un vestido blanco que se vuela con el viento.

Peter Dundas, el actual diseñador de la casa italiana Emilio Pucci parece que sí que conoce a Jane Birkin. Y no solo porque su archifamoso vestido -desnudo- blanco pegado al cuerpo como una segunda piel para que la sirena varada en la orilla se convierta por la noche en la reina de la discoteca sea una copia descarada del que lució la orgullosa señora Gainbourg en los 70 sino porque toda la colección respira el aire mediterráneo, del chic despreocupado, del pelo largo, liso y lacio y de Marruecos, Ibiza y la música tranquila que suena cuando te colocas con ¿M?(m)aría.  

 
      
El que no sepa quién es Jane Birkin no sabe lo que es ser un inglés en Francia, no sabe lo que es grabar canciones eróticas con un hombre que lleva Repettos blancos y no sabe lo que es, en general la esencia de los 70s. Esa década con una sexualidad despreocupada muy lejos de la hipersexualidad de los 80s y el sida, la coca, Warhol y Studio 54. Con marihuana, aún Woodstock y la psicodelia lista para explotar en la cabeza en cualquier momento. En la que el sueño era Ibiza y no Bahamas y en la que aún no había nada que meter en una caja fuerte en Suiza. Alcohol, risas, deseo, sexo y despreocupación. Pero de nada demasiado y, sobre todo, sin competiciones. Una oda a la vida relajada. Vamos a morir, claro. Pero no será mañana. Será cuando ya no podamos hacer nada. No cuando ya no nos quede nada por hacer. Y en realidad no tengo mucho más que añadir... solo miren y disfruten.


De las fiestas maravillosas...


los pantalones con pata de elefante, los accesorios con flecos, las sandalias, los pañuelos en el pelo, las joyas de oro, las turquesas, las trenzas, el pelo largo....

    

En serio, disfruten.

domingo, abril 10, 2011

Caprichos


Oscaw Wilde decía que los caprichos eran la forma más importante de deseo y que duran mucho más de lo que uno podría esperarse. Un ejemplo podría ser Ana Bolena con Enrique VIII que es además un ejemplo de que el capricho suele acabar mal cuando se logra porque, vuelvo a Wilde, lo cierto es que hay dos males en la vida, tener lo que se quiere y no tenerlo y el primero es el mayor de ambos. No obstante, no todos los caprichos tienen que ver con hombres. Algunos tienen que ver con mujeres, especialmente si pensamos que la Iglesia Católica consideraba que el capricho estaba a merced de la mujer especialmente, porque fue Eva la que comió la manzana primero. Un gran ejemplo de capricho es Escarlata O Hara con Ashley Wilkes. Otro gran ejemplo sin duda es Holly Golightly. Actualmente podría citar buena parte del trabajo de Galliano, de Valentino, de McQueen y de Tiffanys como grandes caprichos para mí, eso sí, al menos por un tiempo porque los caprichos son efímeros, son.... volátiles y a veces pueden ser destructivos pero, oigan, la vida está hecha de pequeñas cosas.

viernes, abril 08, 2011

Azul, Verde, Violeta...


Vuelvo a Liz.
Con todo ese atrezzo que ella devora.
A Helmut Newton le debió congelar el agua y luego arderlo.
El ave no aguanta su mirada.
Ríamonos de Narciso...
¿quién no se ahogaría con semejante reflejo?

miércoles, abril 06, 2011

Verano


Hay imágenes que transmiten. Y no es por la gran producción, ni por la gran modelo, ni por ser el mejor instante o por nada.... simplemente es por todo eso. No más. Miren, ya es verano. El cuello, el vestido blanco, el pelo, el rayo de sol, el cabello mojado... es todo y no es nada. ¿A que es maravilloso?

lunes, abril 04, 2011

Dulces Niñas



Karl Lagerfeld y Chanel contra un felino de esos que Dios creó para hacer que el hombre creyese que acariciando un gato, acariciaba un tigre. No sé con cual me quedo, sin duda, la belleza tranquila de las mujeres de Chanel es silenciosa y mística, casi morganática y sin embargo parece que la hechicería también habita el corazón de la mujer tigre como aquellas de Turquía.

Y, miren, qué más da.
La belleza es la belleza.
Apréndanlo pronto.