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miércoles, marzo 31, 2010

Monográfico De La Alta Sociedad


El peso de la vida disipada y de la corrupción del alma no siempre se reflejan en el rostro sea por pactos malditos sea por la religión del dinero. Siguiendo el viejo mantra -y nunca desfasado- de la cara es el espejo del alma vemos los ojos inmisericordes, el ceño fruncido del taimado, la risa fácil del buen pastor, el gesto de desdén en la comisura de la boca aparcado de quien ha visto demasiado, la frente del pensador o la nariz de quien medita....



Es eso de "!no aparenta 60 años!".


Es cierto, responde, !aparento 59!.


No hay nada más terrible qu la juventud que ha vivido demasiado...


O la madurez que ha vivido demasiado poco...

martes, marzo 30, 2010

Comprensión



Las mujeres a lo largo de la historia han estado constreñidas por la lencería, por el mundo de la moda, al que ellas mismas se sometieron y por el que fueron sometidas. Someter a debate si la moda sigue siendo objeto de sometimiento y si las torturas del mantra "para estar bella hay que sufrir" siguen arrastrando a las pérfidas y cándidas jovencitas que se acercan con deleite al mundo de la fantasía y el carnaval perpetuo donde los sueños son siempre realidad y un día uno levanta como adolescente y muere como femme fatale, es absurdo. Es una cuestión a la que nadie consigue abordar sin perder la objetividad y en la que si sólo tomamos el mundo Occidental probablemente obtendríamos un "tenemos lo que nos merecemos" que duele más que el ser esclavo de un ente misógino y machista que tiraniza al hemisferio femenino bajo modas absurdas, tacones imposibles y jaulas de pájaros.
La cuestión sobre el ¿por qué? es algo que tampoco podemos buscar ni comprender porque el mundo femenino en el que se han criado las mujeres las hace sonrojarse como barras de carmín encendido por unos zapatos que podrían entenderse como utensilios de tortura, en cambio, miran con recelo y desconfianza a una mujer musulmana que se cruza con una abaya . El por qué en cualquier caso también está lejos de nuestra comprensión. Podríamos hablar de intransigencia, simple tiranía o de un engranaje muy bien rodado que convierte en invisible y sospechoso lo que no se mueve al ritmo que marca.
Oscar Wilde dijo que "a las mujeres no había que comprenderlas, si no amarlas".
Pero lo cierto es que a las mujeres las han tratado de conocer y comprender las mujeres. Madame Chanel decía que los hombres no podían diseñar porque las mujeres acababan pareciendo viles espantapájaros sacados de fantasías fetichistas masculinas o, si no de una visión afectada, incómoda y falsa que las hacía tambalearse al peso de las modas y de sus propias vanidades.
Pensar si las mujeres preferían la comodidad de Chanel sobre la elegancia extrema y la sofisticación que ofrecía Christian Di(eu)-Or es -probablemente- ser demasiado ingenuo. Las mujeres -generalizar no es exacto pero es más rápido !y divertido!- desean algo. ¿Cómo se activa el deseo? No lo sabe nadie. Pero da igual si uno se tambalea, si se pasa la noche apoyada, si al suicidarse no apunta a la cabeza por pura vanidad....
Da igual. Lo cierto es que las mujeres unas veces desean ser gráciles como aves en Chanel, otras veces desean ser orquídeas con reminiscencias de viuda negra de Dior pero siempre, siempre, quieren el poder.
Y ahí entra en escena Yves Saint Laurent.
Los secretos de alcoba son propiedad exclusiva de lo femenino. El poder, como la libertad y la felicidad, tiene nombre de mujer. Aunque sea un término más asociado a lo masculino. Porque el poder sabe a irracionalidad (la), a bondad (la), magnanimidad (la), justicia (la), melancolía (la), sociedad (la), fuerza (la) y a moda (La Moda).
¿Comprender qué?
Amar. Vivir.

lunes, marzo 29, 2010

Sensualidad


Si es verdad que el estilo es algo relacionado con la clase y que no tiene qué ver con las tendencias, el patrón de belleza, el cánon por el que juzgamos lo ideal o no que es algo precisa absolutamente de un punto de referencia con el que comparar y al que igualar o aborrecer el objeto que se ha prestado a la comparación.

Las tendencias como diría Wilde son "una forma de fealdad que debe morir cada seis meses" y el conjunto de tendencias, como testigo del pensamiento de una época, se encuentran plasmadas en ese espíritu que se ve en las obras del arte, ya sean fotografías, películas u obras maestras de la literatura y, por supuesto, las tres artes clave de bóveda para entender lo que significa el arte que son: escultura, pintura y arquitectura.

Pero la sensualidad es algo alejado de esas tendencias. Si bien es verdad que ya no vemos divinas a las gracias de Rubens sino de una gordura informe, advertimos la lozanía, el sutil refriego, la tensión sexual que se halla en el cuadro como una gracia despreocupada que flota en el ambiente. La carnadura que muestra Afrodita en cualquier tiempo y bajo cualquier artista, la melena a punto de ondearla el viento por Botticelli, el vestido cogido debajo del pecho mostrando a una impetuosa Victoria Alada...

Como todo, la sensualidad es más una cuestión de actitud. ¿Sobre qué o sobre quién? Eso ya es harina de otro costal. Pero la sensualidad inequívocamente está ahí. Madame X con sus perlas, mirándose al espejo, muy recta, diciendo "parece que estoy mirando pero en realidad te estoy mirando a tí viéndome" es sensual.

domingo, marzo 28, 2010

Otra Fiesta En El Apartamento


Otra fiesta en el apartamento. Ahora cualquiera puede pasar a tomar Martinis y cócteles de champagne a mediatarde en Facebook, leer, saludar o inquietarse sobre mis divagaciones en Twitter (tranquilos, no hablaré ni de baseball ni de caballos) -aunque quizás hable de hombres- o leer la revista digital Agitadoras. O, en privado en coolchicandfashion@hotmail.com . !Gracias por pasaros!

Bajas Pasiones


El rojo. Platón definió el color del caballo que tiraba el auriga de las bajas pasiones como negro. Platón, una vez más, se equivocaba. (Y por ir al norte, fue al sur). El color de las bajas pasiones es el rojo. Rojo sangre, rojo fuego, rojo emparentado con Prometeo, con la vibración, con los deseos, con la lujuria, con el sexo.
Rojo con matiz de lo prohibido, de lo joven, de lo bello, de lo hermoso, de pecado, de inconfesable, de manifiesto, de público y ocioso. De silencio, de alboroto, de gentío, de mujeres fatales en caza y captura. El rojo parece ser el color de la juventud pero también lo es de la falsa juventud.
El color rojo es una delicia. Un fruto rojo se abre. Se ve el interior, terso, blando, jugoso. El brillo exterior es sustituído por una ola de calor íntimo salido del corazón directamente sin hueso, sin mácula, en el momento de febril estallido de la felicidad cuando menos o del amor más desinteresado.
El rojo por otra parte, se halla intrínsecamente ligado al timador, al estafador, al arte del maquillaje y la careta. Al extraño falso que se esconde tras el reflejo del espejo prófugo que muestra nuestra intención, nuestro secreto más oscuro, el vil hábito de la contemporaneidad pudriéndose en nosotros mismos y se anuncia -a todos- como el altavoz de un acontecimiento público, que no es de nadie y es de todos, que pasa de mano a mano como un folleto, diciendo que no es su mejor hora pero ahí está, tómalo.
El rojo sabe un poco a decadencia y a color de actor.
Y todo lo decadente nos atrae febrilmente. Quizás esa es la magia del rojo. Que es vida y es muerte. Que es falso y es cierto. Que es todos y es nadie.

viernes, marzo 26, 2010

Sensualidad, El Disipado Ajetreo Del Turista




Los turistas tiene que ser sensuales. Necesariamente deben tener ese misterio que tienen que tener los lugareños y saber fundir arte y gracia, ingenuidad y perversión en su viaje. En su pequeño tour por el mundo a conocer pecados que no habían conocido y a cometer arrogancias y tonterías que nunca se habían planteado.

Es el único ajetreo que se permiten. Tienen esa cosa pequeñoburguesa -pero qué deliciosa- de las vacaciones pagadas y la diversión -casi- por obligación y sólo se permiten pequeños toques, destellitos, de felicidad. Los turistas se me hacen estrellas que refulgen un poquito y al segundo siguiente se me apagan.
Su noche, efectivamente, es estrellada y al segundo siguiente es oscura, negra como el alma. Las vacaciones son todo bajas pasiones, no hay más forma de verlo, un helado, un vestidito de YSL, un amorío de verano, un amor indefinible que acaba teniendo más que definición punto final...
Otra forma más de frivolidad. ¿No?, ¿A que sí?

jueves, marzo 25, 2010

Tener Estilo


Tener estilo.

Tener estilo. De eso se trata. Compramos apariencia. Una imagen. Un deseo. Un algo a lo que parecernos. Compramos aspiraciones al fin y al cabo. Una forma de ser y un estilo de vida. Quizás si te pones su vestido aparezca tu príncipe azul. O tu parezcas una princesa pues.

La última moda se puede comprar. El último estilo se puede comprar. Pero, ¿cómo comprar El Estilo? En letras mayúsculas. El estilo, esa clase, esa elegancia, esa diferencia entre ser y estar. Entre ser visto y no. Entre "romper" y no. Entre aparecer, ser la foto, la imagen, la fiesta o el día frente a simplemente haber pasado por allí.

Quien tiene estilo tiene un bien que ni es privilegio de la edad, ni del dinero. El estilo es un arma de seducción, un delicioso encanto, una magia atrayente del que captura a cualquiera. Magnetismo.

De eso se trata.

El estilo es una magia, una ola que te arrastra, un imán que te tira, un latido que te devora y ni se nota, ni pesa, ni se vende, ni se compra ni muchas veces se ve pero siempre, siempre, el alma sensible lo percibe.

Para los elegantes de antaño, ser elegante era que nadie recordarse lo que llevabas puesto.

Hoy los conceptos sobre el estilo son algo... diferentes pero aún así siguen estando vigentes las viejas normas. Estilo es Chanel. No Prada. Por mucho que valgan lo mismo.

miércoles, marzo 24, 2010

Ofelia


La relación con el agua es primordial. El mar, el océano, la playa es esa cosa lejana, indefinida, prohibida, erótica, de mala muerte, el destino de los desarrapados, la gracia de los apátridas y el sueño de los que buscan amor, dinero, tesoros o aventuras.



Tiene algo de arrogante. De descarada. De irreverente. Será por la desnudez del cuerpo que obliga a destapar las verguenzas o quizás por el componente festivo, insultantemente joven y abierto.

El mar ha dado mitos y leyendas. El de las sirenas, el de Escila, el de Caribdis y la geografía mítica sobre los peligros del mar -para que nadie se adelantara en las conquistas- es célebre desde Simbad el Marino hasta la Odisea en la que Ulises vence necesariamente las pruebas y libera, al romper la maldición pues consigue sobrevivir, el océano y a sus navegantes de las penurias que en él se esconden.


Debe ser por la inmensidad. Por ese componente aciago y funesto que tienen las historias. Por los náufragos en islas perdidas, los arrecifes traidores, las naves encalldas, los asaltos de piratas, lo caprichoso de las olas de las tormentas o por el temperamento supersticioso de la marinería.

El mar es femenino necesariamente. La mar. Cualquiera que lo ama lo llama la mar. A pesar de las supersticiones sobre las mujeres y los barcos porque Calipso es dama de los mares aunque Poseidón sea el rey.




La playa es femenina. Es abierta. Erótica. Con ron, con piratas, con atracar en un puerto, con una novia en cada puerto, una rubia, una morena. Extrovertida. Atractiva. Vibrante. Mágica. Atrayente. Relajante.


Es atrevida. Invita a entrar. A perderse. A sumergirse.



Tiene ese halo mágico de la botella, del náufrago, de Isolda rescatando a Tristán, de quien calienta su cuerpo tras el restallar helado de las olas.

Algo de voyeurismo y modernidad pues esta utilidad del entorno es muy reciente.




Algo de irreal. De Atenea bajo un olivo y Eloísa bajo un almendro mientras Kate se revuelca entre las rocas.
¿Y qué mejor adios que el sumergirse en las aguas de la vida y encontrar la muerte?
¿Eh, Ofelia?

martes, marzo 23, 2010

Frescura, Juventud Y Espontaneidad


Hay que reconocerlo.

Oscar Wilde tenía razón cuando dijo que sólo hay dos cosas que importen en la vida:
juventud y belleza.
No hay nada parecido a la juventud.
A ese latir desbocado en el pecho, a esa pasión febril que de repente llega, a ese corazón que se entrega al amor, a ese enamoramiento público y clandestino al mismo tiempo...
A esa frescura...
Esa vorágine que atrapa, que atrae, que no rememora sino que vive. Que es el presente y no el pasado. Las ganas de vivir, las ganas de disfrutar, el placer. Lo que no se puede hacer y lo que sí y lo que sin poderse, se hace. Lo que se aprende de los errores y no de los lamentos.
Los pecados que son propios y no de segunda mano.
El deseo que sobrecoje, alimenta el cuerpo y penetra en el alma.

Las tentaciones que no queremos vencer.



Las oportunidades que tenemos.

El futuro que hay que conquistar.

La inmensidad de lo que no podemos escapar.

La vida misma....

Sin medias tintas, ni fantoches, sin arrepentimientos, sin confesiones...
Sólo con camino a recorrer por delante y pocas huellas que mirar...
Y nada a la espalda.
Sólo se mira adelante.

domingo, marzo 21, 2010

Delicadeza


Es algo que sólo tienen las bailarinas, sin artificios. Y las niñas de ojos tiernos que miran al cielo mientras su globo se escapa. Es algo que uno no controla, que le sobreviene, que aparece, que se marcha y que es efímero...
Christian Dior contrataba modelos casaderas de las que alguna le abandonaba cada temporada o por una alianza o por una canastilla. Yo cuando pienso en modelos -más allá de las walkirias de Versace- me imagino ninfas lánguidas que se deshacen en las sedas, en los creppes de sus vestidos en un pase privado.
Creo que la fuerza que tienen los desfiles actualmente ha erradico esa delicadeza, esa sutileza de los pases privados. Uno contempla la bailarina mientras la música sube el tono, su paso firme y seguro pero femenino, lánguido pero ligero y honesto, sobre todo honesto. Sincero. Reservado. Íntimo.
Porque comprar en Chanel es ser miembro de un selecto club.
Íntimo.
Porque intimidad, delicadeza en el trato y en el hacer, es lo que precisa el que compra la imagen que le van a ver los demás, que dice tanto de nosotros por cierto y que sella no sólo nuestro alma sino el exterior.
Intimidad tiene que ser contemplarla a ella.
Con el espejo.
En el sillón.
Y el corazón en vilo.

sábado, marzo 20, 2010

Silueta


Contonearse. Este vestido me trae a la mente la silueta primitiva y al mismo tiempo femenina de esas que ya casi no se ven. El obligado tambaleo al que obligan los tacones. El puente exageradamente curvado, el pecho volcado hacia delante, la garganta sedienta de deseo y los ojos, los ojos astutos, seductores, dispuestos a tergiversar la realidad.
Para Poiret el vestidito negro era una cosa de telegrafistas ordinarias y mal alimentadas que creó Chanel en un ataque de furia contra sus orígenes. Para la moda, el vestidito negro se ha convertido en algo más que un icono o una tendencia, se ha convertido en su sello de identidad.
Con el tiempo uno piensa en que tan mal alimentadas pero no tan mal pagadas. Al menos, viendo los precios...

Loco Paris


Muy febril. Más bien. Bohemios vestidos de negro, colegialas con jerseys de cachemir y parisinos con baguette bajo el brazo que obvian a la Torre Eiffel mientras pasean. Pecadores ahora y en la hora de su muerte. De rojo los labios. De negro el vestido. Las perlas al cuello -a la caja-. Los guantes a medio camino entre puestos y quitados. Delirios de luz. De misterio. De dádivas.... de pequeñas gatitas glamourosas. O que quieren serlo.

jueves, marzo 18, 2010

Balenciaga Y Lautrec


Balenciaga era un místico.
Un asceta español.
Toulousse Lautrec un excéntrico vividor del París de Degás en el que las putas eran musas y la absenta era la inspiración que más desea uno. Un hombre que traducía el peso de una vida en liviandad. En carne trémula, en eternidad, en arte. Lautrec retrata a mujeres que son putas y niñas. Sonrisas de a tres francos en vertical y en horizontal y castañas asadas envueltas en periódico crujiente, ajado, caliente los domingos por la mañana vestiditas de domingo, de esas que toman las aguas de vez en cuando y lo mismo juegan como zorras que como gallinas.
Balenciaga era un hombre severísimo, rancio incluso. De una madurez acartonada, monjil. Un genio. Un pelín diferente de Lautrec claro pero ya se sabe... las grandes mentes piensan igual en el fondo. Pero entendía a las mujeres. Como Lautrec.
Lautrec visitó a las putas y las hizo señoras.
Y eternas.
Y bellas e inmortales como las diosas.
Y Balenciaga que vestía damas, señoronas, duquesas y condesas vió en Lautrec las mujeres que deseaba. Esas para las que sus bolsos son como vaginas dentadas que guardan un secreto. Que coquetean hasta con el espejo. Que ponen morritos. Mueven las enaguas, se ríen al oír el frufrú que acompaña cada paso. Beben vino. Y son como flores. Como rosas.
Tan bellas y hermosas que un día morirán.
Pero mientras tanto...

miércoles, marzo 17, 2010

Venezuela


“No quiero dormir, no quiero morir, sólo quiero seguir viajando por los prados del cielo”.

Holly Golightly en Desayuno con Diamantes de Capote escribe en su tarjeta de presentación encargada a Tiffany´s -"para hacer gasto y no por necesidad"- la palabra "viajera" con una letra cursiva, digna de las joyas de Chaumet o del buen gusto, la esencia, la refinada y fria, el sofisticado comfort que se respira en Tiffanys ese lugar donde nada malo te puede pasar y todo es siempre fantástico.

Los motivos que le llevan a escribir esto, son el desconocimiento de la ubicación en la que se encontrará como dama y la indisponibilidad para asegurar a los demás cuál será su futuro paradero. Quién sabe en qué lugar de Sudamérica tendrá como hogar -el lugar donde al final te sientes agusto- o en qué rancho de Mexico criará caballos.
Por lo que a mí respecta. Tengo ganas de ir a Venezuela. Y de llevar pañuelos blancos en el pelo, vestidos de lunares azules y blancos, zapatos de salón años 50s, gafas de sol de carey, vestidos de noche blancos con orquídeas -la flor nacional- en la melena. Vestidos camiseros y zapatos de Ferragamo en tonos café con bolsos de lona y cuero entremezclados. Un ramito de violetas de la mano. Una bombonera de nácar y una falda de gasa del azul turquesa del mar. Joyas esmaltadas, diamantes no gracias -los encuentro divinos para las señoras mayores pero no para mí- y chaquetas de punto y vestidos de punto de seda del color de la arena -tierra batida- y perderme.

Mis Desesperadas


Lo reconozco.
Sigo sin comprender a quien deja de comer por comprar Prada.
Debe ser cuestión de actitud.
Aunque tiene algo de sobrecogedor el comprender la dimensión que tiene el deseo. Porque se trata sólo de eso. Del deseo. De lo que el corazón dicta y debe conquistar. Y los motivadores más absolutos de ese deseo irracional que se cuelga de nosotros y nos hace arder. Ya se trate de hombres, mujeres o artículos y que consigue que nos arrebatemos de una obcecación ciega. Esa misma que los antiguos llamaban afe y que envíaban los dioses a los mortales.
Extirpados de nuestra voluntad obedecíamos, prácticamente como ahora. ¿Quién genera la ley de las tendencias, cuál es la causa primera que hace que hoy sea negro y no azul, perlas en vez de marfil, pantalón en vez de vestido y 2.55 en lugar de LV? Antaño decían que los dioses. Si se piensa bien, hoy también son los dioses. Los dioses de hoy. Menos deificados pero igualmente adorados porque, ¿a quién le importa que quede bien?

martes, marzo 16, 2010

Señoritas Bien


Debo reconocer que tengo cierta predilección por las femmes fatales. Mujeres de esas que aspiran el humo de su cigarro al mismo tiempo -y con el mismo entusiasmo- con el que aspiran, paladean y tragan su vida dejando en el filtro la marca del carmín y con el carmín, los estragos del tiempo y la coquetería.
Pero también siento una especie de simpatía, casi ternura, por la dádiva divina de las señoritas piadosas, de las fervorosas mi ladies que van a misa de domingo y se divierten con el aleteo de una paloma con el mismo rubor, con las mejillas del color del melocotón, que da el entusiasmo nacido del corazón. Sin malos hábitos. Sin pasado. Que son sólo futuro.
Bien es cierto que estos cisnes cándidos, estos cantos a Leda, estas señoritas de moral recatada, de camisón y lencería, de dote y hogar, de elegancia y porte cual cisnes, de brillo modernista, piadoso, religioso, cándido, virginal... son una especie a extinguir bien por su inocencia, bien por aquello de ¿pero hubo alguna vez once mil vírgenes?.
Pero mientras tanto, vestiditas de domingo, con su lazo blanco, su sonrisa plasmada, sus vestidos rosa empolvado, lila, fresa. El corazón latiendo, la mano enguantada, la cofia, la toca, el aya, el ama de llaves, la llave, la alcoba y el alma... me conmueven. Recuerdos de un pasado no tan lejano, de cortejo a la ventana y damas de noche de boda con sábana blanca. Y Dios dirá.

lunes, marzo 15, 2010

Parisinas


Decía yo que no podía quitarme de la cabeza a mis enamoradas de Lanvin, gloriosas, triunfantes, grandes almas nobles y honorables a las que el viento agita sus tribulaciones pero no sus cabellos porque tienen esa esencia especial, esa aura de gran dama, de regia reina soberbia y despótica que roza lo tiránico pero que ama, ama, por encima de todo... la libertad.


Maquiavelo decía que ningún mérito iguala, ningún nombre se compara y ningún corazón doma el solo nombre de la libertad.


A mí las parisinas de Arde París me parecen las parisinas de verdad.
El corazón del mundo es París y ellas son su latido.
Y nada más importa


Aunque reconozco que se me hacen algo equiparables a Goya y sus libertadores. Tienen algo de icónico, de inmemorial, de maravilloso... y también de muy actual, claro, a Alber Elbaz se lo parece y, oigan, a mí también.

domingo, marzo 14, 2010

La Desidia, Otra Mala Compañera


Opereta. Es lo que tiene el sentir que a veces se torna trágico, mágfico, imprevisible y sobrecogedor. Extrañamente ampuloso y fascinante y entonces se cae en el exceso melodramático, en lo cómico, lo teatral, en esos impulsos que nos asaltan y nos hacen convertirnos en sombras del vodevil. La virtud transmuta en vicio y los defectos en extrañas visicitudes que da la vida, que resignadamente aceptamos y que es divertido ver y contemplar como el que ve una película o una obra de teatro a ser posible estrenada o por una delicia de francesa o por una rotunda diva italiana de esas que no se deshacen en gorgoritos de avecilla.


Los universales del sentimiento sobrecogen el alma grande o pequeña, merecedora o no de tal tormento de pasiones y de fuegos artificales en el fondo del corazón. Amor, pasión, violencia, ira, celo, lujuria, pena, llanto, risa, gula, ego, pecado, religión, rezo, piedad, compasión, despotismo, tiranía, ruego, lágrimas falsas, cotilleo, amor de madre, invulnerabilidad, tragedia, desamparo, soledad, civismo, falsedad, virtudes, sinceridad, terror, pánico, alegría, comfort, hogar y familiaridad, extrañeza y rechazo... Desidia.


La de la rica amada con amantes que ni quiere ni desea y a los que solo tolera en lo que templan las sábanas. La de que sabe y guarda secretos de todo el mundo y silencia, entre dientes, con esa mueca de fuera de mi radar, mi interés, mi mundo todo lo que no la fascina, lo que no la atrae que vienen siendo muchas cosas pues lo que atrae y fascina a semejante alma antaño siempre fascinada, alegre y jovial, lozana y tersa y grande y amantísima es casi todo y casi nada porque, habiendo visto tanto, ¿acaso hay algo que pueda sorprendernos?


El amor no llena el pecho de gozo, el terror no sacude nuestra alma ya marchita. Es como una violeta sin perfume y sin alegría que sólo posee la belleza de su color, que aunque estéril y marchito sigue siendo hermoso pero que camina inexorablemente a la senectud, a la putrefacción, al entierro y al olvido por muy lila, por muy fresca y juvenil, y casta y virginal y alegre y gentil que fuera un día.


No es pena ni llantina ni apesadumbramiento, ni pesadez de miembros, ni deja vus de lo que otros años sucedió, de lo que otros amantes contaron en la alcoba, no es calidez que se hecha de menos al ceñir los labios alrededor de la boca del amante que ya no es amado sino sólo amante pues uno sabe que le quiere más de lo que ella le quiere a él y eso le satisface como si dijera, no me dejará, no se resiste, es mío como aquel que colecciona chucherías, baratijas y las guarda como un pequeño tesoro sabiendo al tiempo que no valen nada.


Y ni las perlas son lágrimas ni las copas, risas. Las alegrías no son amargas pero tampoco son alegrías. Y las pasiones no son extáticas pero tampoco grandes ni francas. Ni las rosas tienen fragancia ni el cementerio, recuerdos. La gran tragedia no tiene fin y el gran destino se torna vil ante la vista errada, lánguida, melancólica, casi desafiante de la que desidia tiene y desidia da para no ser ni puta ni señora, ni dama ni de alcoba, ni aficionada ni melómana, ni querida ni taimada, ni viciosa ni puritana, ni reina ni fulana, ni señora ni criada.


Y es que dar amor cuando no se tiene es imposible y no darlo cuando se tiene es inconcebible mientras la fuerza del destino arrastra con su mano larga la última campanada de la hora en la que Roma se torna santa y la más virgen se vuelve puta. Y no sabemos ya ni reir y no servimos ya para nada. Ni de tormento ni de consuelo porque nos embarga esa vil traidora que es la desidia.


Que recibe todo con la poca piadosa cara de quien se muestra enjuto y perdido, con ese eterno gesto de desdén que ni triste ni cuidado, es tan solo previsible. Y la flor mustia se aja ante la mirada que no repara en ella porque no la quiere ver. ¿Ardor? El corazón es hielo. ¿Furia? Ni la podemos tener. ¿Escarnio y maldecir? Antes contemplamos la remota oscuridad que dejar vibrar el alma al compás que marca la canción porque no queremos.


Dicen que perdemos por miedo a perder y que amamos para que nos amen y que perdonamos para que nos perdonen y rezamos, quién sabe, para ser un día -el de luto y sepelio- para ser catalogados de santos antes de que recuerden nuestras horas más bajas y nuestras flaquezas y todas aquellas cosas que de repetir conllevan un sonrojo y de recordar un apesadumbrado aplomo. Y a veces sólo queremos ganar para que nos venzan.


Y otras para decir que hemos vencido cuando, lo cierto, es que no queríamos ganar ni saborear las mieles de tal victoria que nos hiere más que la derrota y a la que tememos por si acaso viene y nos reclama el vengar tal vil comportamiento que rodea al que se cree el mejor y en su total admiración ególatra del que pasa coronado bajo el arco del triunfo y la victoria y no tiene esclavo que le recuerde que sólo es un humano, se olvida de ofrecer un poco a los dioses que le concedieron su oro y su cabeza laureada y de repente...


De repente recuerda que los favoritos de los dioses mueren pronto y los teme aunque no los cree por si acaso y por miedo a que ocurra se para. Se para el tiempo y su historia y perece en el olvido temiendo a una gloria que ya no tiene y nadie recuerda y que él cree que le va a matar cuando, realmente, sólo le consume...