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domingo, febrero 28, 2010

Mi Chanel A La italiana


Moschino. Una marca que nació con un espíritu irreverente y destinada a escandalizar -un poco al menos- a la acomodada y refinada burguesía que cuida de las acacias y limpia con trementina. Ha acabado convirtiéndose en Chanel y es, más Chanel que Chanel. Creo que esto también es una ironía. Si París es el centro del mundo, Italia es el centro de las pasiones, de la moda, de la música, del estilo, del arte de vivir.

Italia es un país mágico. Hace sol, el cielo relampaguea en azul, las nubes no manchan el reflejo del sol en la piel, sus mujeres son hermosas, curvadas, sensuales, sus hombres son caballeros canallas y dan ganas de moverse siempre en Vespa. En Italia hay ardor, pasión y un ahora o nunca a cada instante. Desayunas con champagne, tomas melón con jamón y compras periódicos con claveles rojos.

Lo que diferencia a Moschino de Chanel -o a París de Milán- no es nada más que el orgullo frente a la soberbia. Francia es orgullosa, se hincha como un pavo real con más ojos que Argos frente a Italia que es soberbia. Sus señoras llevan los labios rojos por ardor y no por coquetería. Son sexo y no erotismo y son sobrecogimiento frente a emoción contenida.


Son esposas de mafiosos, hijas de mafiosos, espías, bailarinas en un local de mala muerte, putas de esas que retrataba Caravaggio y que sólo en Italia pueden ser vírgenes, carne trémula, alcohol, el sonido del fuego consumiendo la antorcha y la lluvia empapando las estatuas de mármol por la calle a altas horas de la noche. Son jaleo, gentío, muchedumbre, estruendo, campandas y descaro.

Italia realmente es el único país de los excesos. Azul muy azul en el mar, costa escarpada, arena dorada y blanca, arte, Imperio, sangre, patria, dioses, leyenda la de Eneas y la Afrodita de Troya y encanto. Italia es, inevitablemente, caos y destino. Y por eso no es la tierra de Chanel, ni de Dior, ni de Yves Saint Laurent.


En los armarios italianos de postín -con posibles aka- no reinan ni Dior ni Chanel con sus señoríos. La elegancia francesa es demasiado fria, demasiado comedida, demasiado en blanco y negro. Sus parisinas demasiado moderadas, las fiestas demasiado de postal con la Torre Eiffel iluminada, la Rive Gauche demasiado bohemia para Italia y sus dandis, demasiado impostados para ser de verdad...


En Italia, los vestidos son de rojo Valentino y sus mujeres son de rojo pasional. Italia es oro y barroco, sangre y lujo y decadencia y exageración. Italia no es chic. Es una diosa y una puta al mismo tiempo. Italia es exageración, dramatismo, melodrama, carcajadas y lágrimas cargadas de máscara de pestañas, sábanas que huelen a perfume y a carmín, escarapelas, collares de perlas, amantes, cornudos, vicios y pecados.


Y misa el domingo a la mañana como si nada pasara.


Aunque con ese aire canalla de "aquí no pasa nada y pasa todo", con ese espíritu de somos nosotros y ninguno más, estamos aquí y ahora y no vamos a vivir para siempre, disfrutemos del presente. Porque las italianas no necesitan un dos piezas para estar perfectas. No son perfectas.


No quieren serlo.
Pero te dejan amarlas.

sábado, febrero 27, 2010

Se Ha Abierto La Veda



Prada. Las jovenzuelas parecen efímeras en una indirecta -quizás- de Miuccia Prada. Las coletitas, el chicle, los morritos deliciosamente pintados, esa actitud de no es mi problema y los minivestidos surferos duran poco. En cambio, como diría Sonia Rykiel, "mi niña, mañana serás mujer", las mujeres duran para siempre. Debe ser por eso de "más sabe el diablo por viejo que por diablo" o quizás no. O quizás no. Al fin y al cabo, belleza y juventud van de la mano pero, en cierta forma, la elegancia es el privilegio de la edad.


Algunos ven cambios generacionales, otros vueltas al pasado, algunos anhelan encontrar la esencia del mito actual de los viejos sesenta-cincuenta y otros sólo una forma de comercialidad y multiculturalismo. Pero lo cierto es que las secretarias que fuman y que tienen escarfeos con sus jefes, las señoritas con medias con costura, las damas que usan pitilleras de oro y que llevan collares de perla están más de moda que las repolludas adorables y las repelentes jovencitas deliciosamente enamoradizas. Ay... "El retrato de Dorian Gray" es la vieja historia más de moda y claro, mientras tanto guardamos el retrato envejeciendo en el armario o, mejor dicho, la ropa de la próxima temporada.


Y, quizás, del resto de nuestra vida... y todo por unas secretarias con muchos humos que son... trágica carne de cañón.

viernes, febrero 26, 2010

Rosa Negra


Se me deshacen las mujeres en una actitud que solo les ocurre a las francesas.


Se contonean deliciosas como pastelillos de Ladurée taconeando por Versalles. Con sus vestitiditos de Lanvin por Alber Elbaz. Como cerezas. Como guindas. Como fresas. Como frutas del bosque. Morado. Rojo. Rosa. Púrpura. Violeta. Verde. Estallan como esas frutas en la garganta, amargas, dulces, deliciosas, explosivas.
Y... todo ello con un vestido, una sonrisa y mucho, mucho -mucho- encanto.

miércoles, febrero 24, 2010

Lozanía


Amarillo. Hay una extraña fobia hacia el amarillo. Kandinski lo consideraba un tono agresivo, a mí me colorea la palabra envidia y mientras que para los románticos puede significar amor poético del que dedica el poeta maldito a la musa cuando ha muerto -fenecido- cual flor hecha temblar por el viento, es uno de los tonos más incomprendidos. (Claro, si es que los colores pueden ser incomprendidos). El amarillo excita. No se queda quieto. Es todo movimiento aquí y ahora y brillo cegador. Se asocia con las hierofanías fulgurantes y relaciona a los individuos más sobresalientes con el brillo de la esfera solar.




El amarillo da vitalidad, conecta con la rapidez, con la inmensidad y con el infinito, es un tono cálido pero vibrante que hace que la retina se pierda en su inmensidad. Refulge. Atrapa. Centellea. Y me parece un tono joven. Más que joven, quízás, lozano. Si amarilla es la envidia, también la inocencia y la vitalidad. Oigo el latido del corazón con cada trazo del pincel empapado en amarillo. Puedo oler la pintura deslizándose por el lienzo, acariciándolo como la seda a la piel de un vestido ceñido. Veo la tela blanca hecha explotar a cada línea y comprendo... que el amarillo es vida.


Y sé qué me atrae de este conjunto de Lemoniez para el próximo invierno. Me despierta. Oigo el motor rugiendo. Las hélices del helicóptero sin dejar de girar. Huelo el mar y la lluvia. Noto el viento. El salitre y el óxido devorando el puerto y la madera pudriéndose poco a poco. Veo la semilla germinar y el chocolate espeso deshaciéndose.
Hace frío y no lo noto.
Y todo por un poco de amarillo.

martes, febrero 23, 2010

Frio, Nieve, Viento


Hace tanto frío en Nueva York que no resulta fuera de tono ver las colecciones para el próximo invierno ya que casi podemos verlas para el presente y poner lo que se ve en pasarela ya. Lo que se dice ya. Es la inminencia de la moda que antes de que la bonanza llegue a la economía, ya se ha deshechado todo lo que aún es nuevo y antes de que la caducidad asalte el ingenio de los creadores, ya hemos inventado algo nuevo.


Aún así, cada uno afronta el frío a su manera.
Y, como siempre, diciendo mucho de nosotros mismos.

Y eso que nieva para todos...

domingo, febrero 21, 2010

Máscaras


Un gesto tan femenino como el de retocarse los labios con una barrita dorada con un lápiz en rojo conenzó a ser bien visto a partir de los años 20s cuando el cabaret berlinés y los años de mala vida con flecos y lentejuelas popularizaron esa vanidad tan glamurosa y sofisticada de la era "Locarno".
La cuestión es que el maquillaje es algo tremendamente privado e íntimo. Terriblemente primitivo -casi primigenio- y para ambos sexos y al mismo tiempo algo muy moderno, muy reservado, muy inaccesible (a pesar de que parece que se vende en tiendas) y rodeado de un halo de misterio.
El maquillaje trata de sacar nuestra mejor cara, alisar nuestros defectos y potenciar nuestros puntos fuertes de la misma forma que entregamos a nuestros seres queridos lo mejor de nosotros pero al mismo tiempo es también una artificial máscara con la que salimos al mundo y que usamos de parapeto, de espejo, de parón y freno contra lo artificioso usando el amparo de lo artificial.
Y cuando llegamos a casa, nos desmaquillamos. Volvemos a ser nosotros mismos o, claro, dejamos de serlo. Y todo vuelve a la normalidad... ¿No?
¿Vivimos de puertas para afuera o para dentro?

sábado, febrero 20, 2010

Sangre Y Honra


Altuzarra. Frío. Rojo y negro. Terciopelo y cuero. Me acuerdo de Rusia, de los zares, de los mantos de armiño y de los rubíes muy rojos. De los sillones tapizados, las tardes de caza, los palacios de hielo, los asaltos al Palacio de Invierno, la sangre, la honra. Me acuerdo de los grandes y sus devaneos de honores y amores, de la nieve cayendo descorazonadamente en Siberia y del silbido atrapante del tren que se desliza entre humo y vapor. Puedo incluso ver a Anna Karenina arrojando trágicamente su bolso a las vías del tren en un pequeño guiño a su destino. Y huelo la sangre tiñendo la nieve como el pincel que traza su obra maestra bajo la mano del artista, en este caso, tras el estallido que produce la bala.

Me recuerda a esas Erinias que le reclaman al matricida Orestes sangre -mucha sangre- (la pena capital) por haber matado a su madre. No valen excusas. No hay atenuantes. Orestes debe pagar. ¿Los argumentos? La respuesta a la sencilla pregunta ¿mataste a tu madre?. Orestes responde: Sí, Lo Hice. Y ellas reclaman el pago de lo arrebatado con su propia vida.


Sólo como una madre saber hacerlo, con ese beso de seda que sabe a sangre y a seda, a vida y a muerte.


Desde luego no son ni Ateneas masculinas de pensamiento racional, ni virginales Artemisas masculinas, ni apolíneas seguidoras del puro Apolo, ni Vestales virginales, ni maternales Heras, ni sensuales y coquetas Venus. Son más bien anteriores, reinas de la magia y de la noche, de los ritmos de la tierra, de las bajas pasiones, de las pasiones, de los amores y las tentaciones, de los tormentos, del sufrimiento, de los corazones...


Tienen algo de ménades furiosas, de deliciosas Hécates, de dionisiacas bailarinas que se pierden en sus danzas, de diosa Fortuna con la efigie en ambas caras de la moneda de plata, de furias, de moiras, de Morrigans y de diosas cuervo...


Aunque también tienen algo de la primitiva Noche. Comparten, al menos, el engendrar sueños en las mentes fértiles, de decidir la muerte y de descorrer la noche con su manto de estrellas.

jueves, febrero 18, 2010

Espíritu Sobre Materia


Oscar De La Renta es una apuesta segura. Todas las temporadas presenta a la misma mujer: sobria pero refinada, sofisticada en extremo, atractiva y elegante, con chic o charme, madura, con carácter, con carisma y con inteligencia. Pero no es un personaje, ni una aspiración. Es una verdadera musa. Y por eso ni cansa ni aburre, se disfruta porque, como diría Diana Vreeland "sería como cansarse del alma de una persona".


Y si es uno de los favoritos de Nueva York no es ni por su linealidad ni por la belleza de las prendas sino porque sabe muy bien qué tipo de mujer y a qué estilo de vida corresponden sus creaciones. ¿Cómo explicarlo?


Arte de vivir.
O la lucha del espíritu sobre la materia.


La mujer de la Renta sabe lo que quiere. Tiene claro su futuro -si no tiene por qué tener del todo claro su pasado- y su presente y ama. Ama. Ése es el secreto de su felicidad y de su vida. No necesita nada de lo que tiene. Ni las fresas salvajes, ni las ristras de perlas, ni las veladas con champagne, ni las escaleras de mármol, ni las mansiones en los Hamptons, ni chocolate de Godiva ni viajes relámpago a París para ver las colecciones, ni niñera, ni Prozac, ni psicoanálisis, ni acupuntura, ni Yoga, ni nada. Pero lo tiene.



Y ya que lo tiene lo aprovecha. Pero sin muchos miramientos. Elegancia fría ciertamente, pero sofisticada. Y también con un punto cálido, invernal... con la nieve rozándote en la cara y los copos apoyados en el pelo mientras balancea el bolso y la bufanda de seda ondea al viento.


Dicen que una mujer es elegante cuando una pieza de bisutería puede convertirla en una joya auténtica y es vulgar cuando lo auténtico parece falso en ella. Digamos que algo de esto piensa De La Renta, las suyas son princesas que superaron la prueba del guisante y que buscan el zapato que perdieron en la Quinta Avenida.


Y al príncipe azul en Tiffanys para hacer juego con la caja que...
como todo el mundo sabe, cuanto más pequeña, mejor es el regalo.


Aunque creo que el secreto de la mujer de Oscar de la Renta reside más en lo que no tiene, en las ausencias, que en lo que tiene. Sin amaneramientos, sin estridencias, sin interrupciones, sin exageraciones, sin teatralidades, sin dramas, sin muestras de carnalidad o voluptuosidad, sin obstinaciones, sin veleidades, sin reservas, sin prejuicios, sin complejos, sin miedos y, sobre todo, sin temores.


Sin miedo a vivir.
A amar.
A sonrojarse.
A disfrutar.


"Y que la quiten lo bailao".

martes, febrero 16, 2010

Nuevas Mujeres


Es lo que tiene el mundo de la moda. Un cuadrado iluminado con gente cool rodeado de un mundo de perpetua oscuridad. Algo así como una secta en la que los iniciados dan lecciones a los no iniciados y éstos se sacrifican -dejan de comer, roban o se prostituyen- con tal de subirse al cubo y ver la luz aunque sea sólo durante un amanecer.


Marc Jacobs ya dijo en su anterior colección que estaba cansado de las mujerzuelas de Balmain con sus caderas estériles, su pecho plegado entre lentejuelas y sus pies enjaulados. Y parece que en ésta vuelve a cansarse de ellas y apuesta por mujeres de verdad. No mujerones insertadas en despampanantes escotes que beben champagne en zapatos de raso y claman sexo, tampoco famélicas teens que juegan a ser lolitas del Upper East Side sino neoyorkinas en uno de los pocos inviernos que ve uno en pasarela.

Si tienen un aire colegial no es porque sean niñas sino porque Nueva York en otoño es todo cuadernos en espiral, "bosques de lápices afilados" y galletas y mazapanes envueltos entre Acción de Gracias y hojas de Central Park. Y dan ganas de volver al colegio, sentarse en escaleras de piedra y perderse entre uniformes de cuadros y faldas tableadas, mochilas de cuero y las mariposas en el estómago de la vuelta a las clases.


Pero son más bien señoras. No aseñoreadas ni clásicas sino las mujeres que compran la ropa de Marc Jacobs y que más que soñar con ser Carrie son sus contemporáneas. Eso sí con mejores sueldos y mejores apellidos. Chaquetones amplios y faldas de vuelto con calcetines al tobillo dicen que no hay por qué volver al pasado ni soñar con tiempos de juventud pero que los treinta, los treinta y cinco y los cuarenta son extremadamente favorecedores.


Hay que ser lo suficientemente maduro para llevar Marc Jacobs.


Porque Nueva York puede ser una jungla pero no deja de darnos un látigo para domar a las fieras. Profesionales en su trabajo vienen de profesiones "creativas", publicistas, relaciones públicas, agentes, asesoras de imagen, pintoras, escritoras, artistas, músicas, managers o decoradoras. Más divorciadas o happy singles que casadas y con hijos. Y desde luego no unas damas de la Alta Sociedad de Park Avenue de Oscar de La Renta y boleros de piel de J. Mendel. Trabajadoras pero con ese halo de élite.


Algo así como esa dicotomía en la que en el XIX aún se mezclaban aristócratas con hombres salidos de la nada, con genios que usaban el poder de la mente contra el sistema de castas y que, más lejos de ser desclasados y repudiados, se convirtieron en el futuro de los nuevos y los viejos continentes. Aún quedaban nobles arruinados, con espada y chaqueta con charretas y muchas deudas y muchos aires de grandeza pero se mezclaban con la burguesía que imperaba y que acabaría con ellos tras cometer -ciertamente- algunos deslizes y traiciones a su condición obrera. Ellas pertenecen a la burguesía. Esa burguesía de las ideas.


Si bien es cierto que el XIX largo fue el auge de estos hombres frente a la decadencia de la nobleza más seca y rancia -sigh- seguían conviviendo ambos mundos en una simbiosis que se retroalimenta y que continúa hasta hoy.

También es cierto que consiguieron el poder bien por la fuerza de la sangre bien por la fuerza de las ideas. Y que a pesar de ello el aire de fascinación que emana la élite no ha caducado. Marx decía que tras el triunfo de las revoluciones liberales-burguesas venía el triunfo de los obreros. De los proletarios.

Parece ser que antes que la era de la no propiedad privada llegará la de las poderosas omnipotentes tiburones de los negocios y de las ideas. Son inteligentes, glamurosas, tienen dinero, sentido del humor, hombres, apartamentos lujosos, fines de semana en balnearios, corredor de bolso y personal shopper.


Y a pesar de que mantienen ese aire elitista -proselitista- de estudiada lejanía, de atribulado pensamiento y la coraza de mujer de hielo... late el corazón.


De eso quiere hablar Marc Jacobs, de las pasiones de las reinas de hielo.


De las tribulaciones de quien lo tiene todo porque se lo ha ganado.