miércoles, abril 30, 2008

El Sello (Im)Perfecto Del Color


Decían antaño que “no hay nada mejor en invierno que mirar el rubor del color de un abrigo en un escaparate.” Desde luego, es verdad. El color en invierno es como la otra apuesta secreta. Quiero decir, si uno es diseñador no debería ser su máximo “Lo que yo hago soy el único que puede hacerlo”; porque para hacer lo que hacen otros, yo no haría nada. Creatividad, talento e ingenio. Dirían los pensadores franceses que “la extravagancia es mejor que el buen gusto”; diría Diana Vreeland que “Demasiado buen gusto cansa” y que “no hay que temer ser vulgar” pero, lo más importante, ¿al fin y al cabo, si yo digo el vestido de tus sueños, piensas en negro? No. Piensas en rojo, chispeante, chisporroteante, brillante, intolerante, casi insufrible y que acongoja, tan intenso que parece una explosión de sangre y pasión y tan hermoso que uno no puede mirarlo y, al mismo tiempo, es imposible apartar la mirada.


Gabrielle Chanel, me niego a llamar a Madame Chanel, Coco. Las visitó de negro, luego festejó el blanco de los años treinta con la dama del canto del cisne, -¿Qué sabe nadie porqué pocos lo recuerdan?- y luego, las cubrió de diamantes en una noche estrellada de París siendo, por primera vez, barroca. Elsa Schiaparelli inventó un color, el Shoking Pink, radiante, brillante y atronador y dado forma en las curvas sempiternas, mareantes y rotundas de Mae West. Valentino hizo vibrar al mundo con el rojo, Rouge Valentino, con ese toque italiano de sangre española lleno de ardor, cuajado de deseo y vacío de insatisfacción o temor. Dior, Christian Dior, -el hombre y no la marca- las vistió como flores, las hizo explotar en el jardín y las coronó como máximas ninfas del jardín del color del Edén. Hermés las sedujo con su naranja oriental, naranja hindú, naranja oscilante, vibrante, exultante. Y Lanvin enseñó a la mujer lo que era el color.


Quizás ahora el genio del color sólo tenga un nombre, Christian Lacroix por ser el hombre que desafió al minimalismo en un estallido de color. Pero anteriormente, en un mundo en el que el sombrío pero sobrio reinado del color negro aún no existía, Christian Dior aseguró que los colores eran una bendición dejada por Dios a los mortales pero que, aunque su sueño era convertir a las mujeres en flores, los colores debían usarse con precaución. O, eso pensaba hasta que llegó Yves Saint Laurent, primero pupilo y luego maestro que hizo chocar los colores.


Yves Saint Laurent no tuvo ninguna consideración con los colores. ¿Qué más daba si combinaban o no? ¡Era Yves Saint Laurent y eso no le importaba a nadie! ¡Por Dio(r)! ¿Combinar! “Eso no le importa a nadie” Y, llevaba razón. ¿Quién dijo que el marrón y el negro estaban vetados o que el rojo y el rosa con toques coral no? Nadie. O todos. Pero, lo mejor es que él lo hizo y -ya sabemos- que Yves Saint Laurent salvó Francia y, Dior también. El color, sencillamente, el nuevo negro.

lunes, abril 28, 2008

Renacida Gwyneth Paltrow


A Gwyneth Paltrow todo el mundo -Hollywood y no Hollywood- la adora. Tiene ese halo de perfección que la hace ser heredera -dicen- de Grace Kelly pero con un toque contemporáneo que la convierte en femme fatale o en perfecta ama de su casa y señora con sólo un conjunto pastel de cachemir o una gabardina cruzada e interminables stilettos de raso negro. O, un toque de fashion victim exquisita y, al mismo tiempo, de plena tendencia. El motivo es que la actriz está presentando “Iron Man” -su nueva película- por todo el mundo y, además de acaparar portadas (tanto una comentadísima portada para la edición americana de la Biblia de la Moda -Vogue-) ha conseguido adueñarse de todos los titulares que - vuelven- a alzarla como una de las estrellas mejor vestidas. Fashionista sin perder la cabeza. Una dama, una actriz al viejo estilo, toda una diva.


Para el estreno en Roma, la actriz escogió un diseño de Preen de color negro con un amplio escote y rompió con su imagen habitual de niña buena, de modélica madre de familia, perfecta esposa y aún más perfecta hija. En otros casos el “se ha soltado la melena” podría ser lo más propio pero, curiosamente, en el de Gwyneth Paltrow, ha sido al contrario. La actriz que ya fue muy comentada con el look en rosa -princesa de cuento- bucólica y maravillosa hija de y ahora nueva estrella de Ralph Lauren cuando ganó el Oscar y con el look casi gótico de McQ para otra edición de los premios ha cambiado drásticamente y, no sólo en su peinado.


En Berlín, escogió un diseño de Sonia Rykiel para la temporada otoño invierno de inspiración años ochenta y con ese toque irónico -el punto de locura- de la dama del punto, Sonia Rykiel. A través de Gwyneth Paltrow se puede entender la moda, o el ciclo de la moda. Hace años, decenios casi, Valentino dijo algo así como que las actrices parecían basureras -mendigas quizás- y ejemplificó nombrando a Gwyneth P. y a Julia Roberts. Donde las dan, las toman. Proverbialmente porque, la rubísima actriz, la más española de todo Hollywood, ha decidido sacar su lado más starlette a la pista, o a la Alfombra Roja.


En Londres, la que fuera niña mimada de América -y sigue siendo visto lo visto- escogió un look con un toque fetish. Una chaqueta de smoking con solapas de raso combinado con un delicado -y cortísimo- vestido de Balmain. Realmente, el revival de los años ochenta con sus glamoamazonas poderosas y sus cosmopolitas divas del asfalto está de vuelta. Femenina, brutal, bella y sensual.


De Jean Paul Gaultier apareció radiante con un diseño en tonos nude con el insistente tema marítimo -una red- al que recurre el marinero de la moda, el enfant terrible. Gaultier toma presencia en las Alfombras Rojas, en detrimento de clásicos como Chanel o Dior, con Marion Cotillard en los Oscar, fabulosa, y Gwyneth Paltrow con un nuevo look más agresivo.


En el Quinto Aniversario del “Food Bank” en Nueva York escogió un vintage de Yves Saint Laurent con sandalias -la modernité- de Givenchy en tonos negros. Algo está cambiando. Alejada de los rumores de -otro- embarazo, de un posible divorcio o de los cotilleos más propios de la prensa rosa -o amarilla- que de un blog de moda; lo cierto es que algo está cambiando en la pluscuamperfecto Gwyneth Paltrow.



En Londres, la actriz escogió un look de la comercial-incomercial colección de Pilati para Yves Saint Laurent (otra firma que escala posiciones en la Alfombra Roja) volviendo a su look de niña buena con un comedido diseño en gris con un sugerente escote y combinado con una americana de color negro y unas sencillas medias con altísimas sandalias negras. Quizás Karl Lagerfeld deba pensar algo y reflexionar sobre la elegancia sobria de las medias negras.


Para el día a día, el pret a porter, es lo mejor. Sobrios vestidos negros con algo de escote, con aplicaciones quizás, combinados con unos altísimos tacones o un reverencial silencio. Vuelven los ochenta. Pero no los ochenta del engendro, no los ochenta de la nueva ola, no los ochenta de la sociedad postmoderna. Vuelven los ochenta de verdad. Los ochenta de mujeres imponentes dentro y fuera del despacho. Agresivas por la mañana e insultantes por la noche.


Una suerte es que Gwyneth haya escapado a la maldición de Jennifer Aniston o, el delirio del vestido negro de cóctel. Quizás haya sucumbido al negro, dicen que todas las mujeres lo hacen, pero está fantástica. Unos desmesurados botines combinados con una clutch oversize y un collar largo de perlas e hilo dorado rígido de Chanel. Genial. Simbiosis altiva entre femineidad y masculinidad.


Aunque uno de sus mejores looks ha sido este abrigo con reminiscencias a los sesenta en el corte y con doble botonadura y, combinado con un sencillo vestido de punto a juego pero con unas imponentes plataformas de dieciocho centímetros de altura. Me ha hecho recordad aquello de “¿Qué cuanto mido? Cariño, con el pelo, los zapatos y mi actitud puedo atravesar el maldito tejado”. Eso sí, cuidado con las alturas. Que uno puede acabar como la diosa de ébano para la loca británica, perdón, para Viviane W.


Tampoco hay que descontrolarse. Un look preppy con un toque años 70s, muy europeo o, mejor dicho, muy Vogue París, muy Carine Roitfeld. Stella McCartney firma la propuesta que la actriz escoge para el “photocall” y que la devuelve a ese halo de señora del Upper East Side que veranea en Portofino y toma baños de sol desde una azotea del Garment District por una módica cifra con seis dígitos. Vuelve la Gwyneth Paltrow sencilla o quizás el contrato idílico, sacado de una égloga con Estee Lauder la inspira para mantener su aura pura y liviana. ¿Comercialidad? Siempre está su sombra acechando aunque, el toque punk de los botines de cuero reclama actualidad.


Gwyneth Paltrow, señores y señoras. Anteriormente conocida como “mujer perfecta” ha caído seducida por las garras del cruel y voraz negro que la consume o la revive. El martirio para Valentino. El toque de gracia a aquella frase de hace años. Un escándalo cuando la acusaron de repetirse, demasiado, en vestuario. La misma falda vaquera decían los tabloides, el sábado, el jueves, y el domingo otra vez. Quien sabe. Sólo ha necesitado algo de tiempo para tomarse la revancha. Bravo Gwyneth. Las mujeres de los ochenta, vuelven. Más y mejor.

domingo, abril 27, 2008

James Bond, Crónica De Un Hombre


Un Martini agitado, no mezclado es la bebida icónica que acompaña a ese hombre apoyado en la barra del bar del hotel de cinco estrellas donde los camareros van vestidos de negro impoluto y dónde el aire es tan puro que parece sonrojar al mar. Ligeramente apoyado en la barra controlando todos los puntos del bar y, al mismo tiempo, aparentemente relajado. A su lado, una copa. -¿Qué si no?- Se cruzan las miradas, él levanta ligeramente su copa y sonríe. Se acerca. Vuelve a la barra acompañado y señala con un delicado gesto al camarero otra. El camarero le interrumpe con un ¿Qué? ¿Martini con vodka? Y él matiza con un tono serio, casi cruel, pero contenido: “Dry Martini. Espere, tres partes de Gordon, una de Vodka, media medida de Kina Lillet bien agitado con hielo y una filigrana de limón. Dos, por favor.” Y, a partir de ese momento, se dedica enteramente a su dama.


Mira su reloj Omega Seamaster y sonríe a la dama. Lleva un sobrio smoking de corte perfecto que deja ver su planta impecable. Tiene un atractivo mágico e hipnótico que salvaguarda un secreto, quizás la orfandad, quizás un misterio. Y, es consciente de su atractivo. Es la magia de “Bond, James Bond.”. Él la mira embelesado como si no pudiese mirar a nadie más en el mundo pero, haciéndola saber, al mismo tiempo, que sólo es otra de una larga lista de nombres y que ahora es la mujer de sus sueños, a la mañana siguiente, será la de su realidad pero ¿A quién le importa?.


La conversación continúa. Sus armas de seducción son masculinas, elegantes, sofisticadas y, al mismo tiempo, muy naturales. Arruga la frente, acompaña su tono de voz con pequeños ademanes gestuales y levanta sus largas cejas para darse énfasis. No disimula su ego, y eso le encanta. Parece que cuando Bond sale a cenar, su mayor placer es sí mismo. Y quizás no sea falso. Ríe de forma masculina pero, al mismo tiempo, es simpático sin dejar de ser encantador. Todo un caballero. O, aún peor, nada caballero. El postre, vino espumoso y un helado ácido pero sobrio. Café turco no muy dulce y algo de alcohol pero muy moderado. Una copa más, quizás. Con mucho hielo pero no en vaso largo. Una sonrisa, un gesto y acompaña a su dama para abandonar el restaurante. Sube con ella por el ascensor, la agarra de la cintura como si fuera una joya y la mira anonadado pero, no demasiado encandilado.



Pulsa con decisión el botón que lleva a su suite en el mejor piso de todo el hotel, recorre el camino hasta la habitación con paso firme y saca de su cartera Swaine Adeney Briggs la tarjeta magnética que desvelará el interior de la suite. Deja pasar a la dama y cierra sigiloso y educado la puerta tras ella. Enciende la luz y la besa, un beso largo en el que entrecruza sus labios para sentir la respiración de ella al lado de la suya. Recorre con su elegante lengua su cuello y la besa detrás de las orejas apartando su cabello con la mano para luego estrecharla entre sus brazos y fundir su lengua con la de ella en un largo y apasionado beso que quizás dure un instante pero que ha hecho que el mundo se pare.


La coge entre sus brazos mientras avanza hacia la cama. Allí, al lado, hay más champagne en una cubitera helada y cubierta por una servilleta de hilo blanco en una prístina bandeja de plata con dos copas de cristal tallado esperando al suculento alcohol. La deja en la cama mientras deja que ella le desnude. Le quita el lazo negro de seda de su cuello y deja ver su camisa blanca de hilo de Turnbull & Asser. Le quita la chaqueta de color negro. Desabrocha los puños de la camisa que esconden los dos botones y le quita los gemelos que deja al lado de las copas de cristal heladas. Él la besa, se agacha para descalzarse de sus zapatos de cordones de John Lobb y la quita el tirante del vestido. Ella recoge su cabello con las manos mientras el va besando su espalda y la desabrocha por completo el vestido de satén. Los amantes pierden la identidad y se entregan a la eternidad bajo una luna flamante y con la noche por delante.


Cuando el sol brilla en el horizonte y pasa a través de las finas cortinas de seda color marfil que decoran la espectacular suite, James Bond despierta a su amante con un beso en los labios y vestido sólo con un albornoz blanco del hotel. Ella le estrecha entre sus brazos y él la besa. La señala el desayuno que está servido en la mesa del comedor y allí él la espera mientras lee el periódico. Cuando ella llega envuelta en otro albornoz de rizo, él comienza a degustar sus huevos revueltos. Estilo de vida. Y, sueños. Y moda. Y, ahora, todo eso por Tom Ford.

jueves, abril 24, 2008

Nuevas Viejas Damas


Anna Wintour, Carine Roitfeld, Vogue USA, Vogue París, el Nuevo femenino, el Viejo femenino, G. Paltrow y Juliane Moore. ¿Norte América, la tierra de las oportunidades, o Europa, el viejo continente? A Carine Roitfeld siempre la ha gustado Tom Ford, siempre la ha gustado Terry Richardson y siempre la ha gustado el suave desliz entre el erotismo y el sexo, entre el descaro y el matiz, entre el hedonismo y el -sigh- exhibicionismo. La portada grita ¡sexo!, el escote descarado, las piernas, la lencería, el estampado de leopardo, la postura, la silla y el rostro -tras la desmomificación del tóxico photoshop- proclaman sexo, pasión, ardor. ¿Nueva era Tom Ford?


Quizás sí. Tengamos en cuenta que Carine Roitfeld ya escribió su nombre en letras doradas en la era Gucci de Tom Ford y que incluidos en el ampuloso mundo de la fémina sedienta de poder de Pilati para Yves Saint Laurent y de la mujer todopoderosa de los ochenta, el sexo vuelve a vender. Primero porque Tom Ford va a vestir a James Bond, sí ya el negocio del encantador sastre inglés y del milímetro de precisión y perfección anglosajona se ven desplazadas por el ego, gran ego, -millonario ego- del hedonista Ford, Tom Ford. Segundo porque Tom Ford vuelve a escena apareciendo -desnudo o vestido- proclamando sus bondades y talentos como estrella, como -casi- modelo, como rostro, como celebridad, como hombre del momento -otra vez-. Y, tercero, porque el espectáculo del sexo aludiendo al concepto de la moda continúa de tendencia por mucho que las diferentes organizaciones protesten, retiren y prohíban sigue estando de plena actualidad tanto por el nuevo burlesque con iconos como Dita Von Teese o la vuelta de los años cuarenta y las femmes fatales o el atractivo erótico del porno chic de Terry Richardson están de plena actualidad.


Las estrellas parecen damas del Cabaret, fragantes, turgentes, francesas. Quien sabe si Agent Provocateur es el nuevo Dior o si sólo es una moda pasajera, quien sabe nada si Carine Roitfeld está detrás, quien sabe si el Porno Chic no volverá. Quien sabe si la que antaño fue una niña denuda y recostada en un diván oliendo a Calvin Klein y a imperfección no volverá a ser -reemplazada- por una sexual diosa de cabellos rojos y tez pálida casi demonizada sobre fondo azul y clamando sexo. Pero, ésta vez, de verdad. Y no de falsa diva. Sexo de liguero, sexo con glamour. Sexo. Pero sexo de top model, sexo gélido y ardiente, sexo.

domingo, abril 20, 2008

El Efecto The Sartorialist


Scott Schuman es el hombre detrás de ese gran proyecto online que es The Sartorialist, es uno de los genios de la fragrante comercialidad, de la artística comercialidad. The Sartorialist lo que ofrece es, como bien diría Lacroix, “el poder de la calle, la nueva fábrica” y, quizás por eso, y por combinar la Alta Sociedad pendiente de Prada, Dior y Chanel con nuevos éxitos del Soho, Tribecca o cualquier otro lugar que respire tendencia como si de Yves Saint Laurent se tratase con su Rive Gauche. The Sartorialist es una influencia, grande, muy grande, en el mundo de la moda; además, es un hijo de la contemporaneidad y algunos ya le han denominado “el nuevo Avedon”. Personalmente, como diría Lagerfeld “Antes sólo fotografiaban cosas “nimias” o dinosaurios o jóvenes estudiantes” y a lo que yo añadiría, ahora Scott Schuman fotografía a las damas de la gran fábrica. Y, también hace otras cosas…


En el pasado, antes de ser blogger mundialmente conocido, fue director de la sección masculina de Bergdorf Goodman y, un poco después fue padre a tiempo completo, full time dad, y eso lo ha demostrado, también, con su cámara bajo el brazo imitando diversos looks del streetstyle -odio el término sigh- para su pequeño retoño. Ahora, Scott Schuman o más conocido como The Sartorialist ha decidido pasar a la acción-. Si muchos dudaban de la fotografía como arte, quiero decir ¿Él “sólo” capta lo que otros hacen? ahora ha decidido hacer, captar y colgar lo que él mismo hace. C´est la vie. Podríamos titularnos “resurgir de las cenizas” o “proyecto Phoenix” o “Confidencial: Phoenix” pero él sólo lo ha llamado “El maquillaje de The Sartorialist”. Damas y caballeros, la feria del estilo.


La historia se remonta a este mes, en el East Village, Scott y su cámara, el tándem sartorialita, paró a comprar algo de chicle -qué prosaico- y ella también estaba en la tienda. Al poco rato, ella dijo tímidamente un hola, él la miró fascinado (para los que no lo sepan porque no hayan visto testimonios gráficos de Scott Schuman, el hombre y su cámara es un observador compulsivo y, no para de distraerse para prestar atención a los looks de la gente de la calle. Ella le comentó lo mucho que la encantaba su trabajo, y él la animó a posar. Ella lo hizo y él se dio cuenta de que a) aquella chica no tenía cabida en el paradigma del estilo de Internet The Sartorialist y que, b) esa chica era una señal para introducir The Sartorialist en la vida real.


¿Negocio o arte? Yo -suspicaz, perspicaz, mal pensada y casi taimada- digo negocio. El señor Schuman, dice “revelación”, dice “una nueva realidad”, dice “algo nuevo”, dice “ser estilista”. Realmente es verdad que Rachel Zoe ha hecho mucho bien y, tanto o más, daño. Primero The Sartorialist la critica, ¿Por qué la critica si le va a hacer ganar -más- dinero?, sencillamente porque el morbo vende. Vamos a ver, aquí Phoenix, que así se llama la chica de veintiséis años que va a ser real paperdoll de Scott Schuman, podría ser modelo. En primer lugar, es sumamente bella; en segundo lugar, se la nota dulce, frágil y, al mismo tiempo, delicada y pasional; tercero, tiene un color de pelo y una piel fabulosos y; cuarto, además aprecia el savoir faire del “estilista-fotógrafo-full time dad” -pluriempleado- Scott Schuman. De todas formas, ya veremos como acaba la historia de amor… (Al dinero, al arte, a la moda… )

jueves, abril 17, 2008

El Deseable Mundo De La Moda


¿Qué pasaría si no estuviera Anna Wintour en Vogue? Es una pregunta difícil porque, actualmente, el éxito de Vogue USA se reduce a que es como leer las páginas del diario de Anna Wintour. Anna Wintour es fantástica, tiene un ojo como nadie para descubrir nuevos talentos, si Issabella Blow nos lo permite y si Diana Vreeland no se ofende, y es genial si buscas el conjugado de moda y comercialidad pero con ese aire etéreo, puro y femenino y, sobre todo, bello. Anna Wintour es un diablo, el mundo la ha coronado pero también es un genio. ¿Y si no estuviera, qué ocurriría? Lo primero es que no habría editoriales de ensueño y tampoco habría sueño americano.


A los americanos siempre les han gustado los clichés. El pasado bucólico del sueño inventado de J.P Tods arrasó con su concepto del legado imaginario y Ralph Lauren con su elegancia rescatada del club de caballeros y de la Vieja Europa y la Nueva Inglaterra arrasó con una marcada cimentada en el aire de la nada del pasado pero en el maravilloso brillo ensombrecido con un rubor del pasado que se convirtió en el símbolo de Estados Unidos. Ralph Lauren se convirtió en dueño de la bandera más antigua, trece millones de dólares después, y se convirtió en insignia del sueño americano. Ralph, Jay Gatsby. El creador de sueños. Anna Wintour repite el milagro.


Y es que como diría Alber Elbaz, todo Estados Unidos, y toda la moda, puede resumirse en una anécdota. Cuando Alber era aún ayudante y no maestro, su mentor le preguntó acerca de un vestido, él respondió “Es muy comercial”. Entonces, Alber Elbaz cuenta que le apartó a un rincón y dijo “No es comercial, eso no se dice nunca. Se dice es deseable”. Y luego Alber añade una sonrisa sosegada, limpia y casi traviesa. De Anna Wintour se puede decir lo mismo, ella construye sueños.



En los sueños de Anna Wintour todo es perfecto. Ellas son altas, bellas, guapas, sonrientes, delgadas -delgadísimas-, espigadas, sofisticadas. Uno nunca sabe cómo explicarlo, digamos que si alguien hiciera un nuevo “Desayuno Con Diamantes”, Holly leería Vogue. Carrie ya lo hacía y cualquier persona respetable, lo hace. Las damas de Anna Wintour, son damas. Los hombres, caballeros. Eso sí, ellos tienen el encanto de James Bond -Martini con ginebra y una filigrana de limón. Agitado, no batido, por favor- y ellas son gráciles como Grace Kelly.


Mucha gente se pregunta lo mismo. ¿Es tan difícil hacer Vogue con prendas de diseñador de miles de dólares, fotógrafos de prestigio, bellas modelos de piernas infinitas y rostros perfectos y decorados de ensueño? Quizás no lo parece pero es, prácticamente imposible. Porque Vogue USA es, sencilla -o complejamente- el sueño americano. En sus páginas, el olor del perfume se puede aspirar como si abrieras la puerta de cristal del invernadero en verano, salieras a la terraza victoriana con sillas de forja blanca en primavera o pasearas por el mercado de flores en otoño; a uno le invade una sensación de nostalgia y encanto que envuelve el aire como un polvo mágico y, al mismo tiempo, sabes que la realidad está ahí y que, ya no hay compases de zapatos de tacón sobre el suelo ajedrezado.


Anna Wintour vende sueños. Y lo hace como nadie. Sus modelos son siempre las más guapas, las más altas, las más rubias, las más bellas, las más perfectas, las más americanas, las más ideales, las más. Y es que Anna Wintour siempre es la más. Lo que tienen Vogue USA es esa pasión por lo suyo, América que es la tierra de los sueños y de las oportunidades, progresó con la II Guerra Mundial y ella revive todo eso. Revive el tópico pero, ¿No adoramos el estereotipo y el cliché?


Como dirían los expertos. Al final, cien años de lucha de los sexos por conseguir la igualdad y, al final, todas quieren lo mismo: amor, hijos, matrimonio, una casa con jardín, un talonario, manicura francesa, un collar de perlas, una niñera y una asistenta, compras en Bergdorf Goodman y peonías y rosas de té. Y todo eso para que al final ella sea la corresponsal y él, el jefe. Y es que cuando empezaron las mujeres a conquistar el poder, muchos decían “La muerte del bolso, de la Costura y de la moda.” “Ellas se vuelven contra la moda porque toman el cánon estético del hombre”. Y llegó Margaret T. y bolseó, con su impresionante bolso por el Parlamento. Y todos la aplaudieron. Y, bolsear entró en el diccionario. Y la femineidad volvió con Anna Wintour.


Y, como en los cuentos de hadas, como en los sueños. Todo es leche y miel. Y, ella, amanece rescatada en los brazos de su príncipe azul desterrando el abajo el amor y cayendo en las redes del glamour y, con un vestido de color rojo pasión, se entrega al beso del galán. Y, entonces, Vogue se acaba y el sueño termina. O, por lo menos, hasta el próximo número… Anna Wintour es la reina de lo deseable.

martes, abril 15, 2008

El Erotismo


Dicen que la moda sirve para muchas cosas. Una tarde de lluvia la moda puede convertirse en un suplicio, casi una tortura o convertirse en un placer si estás agazapado mirando Vogue, Sex And The City o Gossip Girl. También puede ser francamente divertida si es para salir un sábado por la noche al Village o para acudir a un pequeño cóctel con el pequeño vestido negro. Puede ser tremedamente cruel mostrándote los kilos de más, como diría Karl -ejem, ejem-, en un vil probador o ante el espejo tratando de enfundarte los vaqueros del 82. Puede ser dura cuando miras las fotos de años atrás o cuando miras tus fotos de ahora, queridos amigos las fotos son muy sinceras, o puede ser tremendamente alentadora para el banco y pecaminosa para una cuenta bancaria que no esté cuajada de ceros o que no goze de una más que buena salud porque puedes acabar como Karyn, sí aquella de www.savekaryn.con y de www.dontsavekaryn.com que era una rica empresaria que dilapidó los ingresos de una empresa para la que trabajaba en compras porque o Karyn compraba o trabajaba y, ya sabe Dios que la oficina no ocupa toda la vida...


La moda puede ser también una buena excusa para renovarte tanto en cuerpo como en mente y para ser aquella princesa que no pudiste ser o aquella diosa que tampoco. Porque no eres ni Afrodita ni Grace Kelly.... Pero como diría Viviane W o la deliciosa Mae West el ¿Te alegras por verme o llevas una pistola en el bolsillo? puede traspasar las fronteras de la moda. Tom Ford es el nuevo -viejo- exponente de ello con una vida dedicada al porno chic, al porn chic o al atractivo erótico del desnudo comercial y salvaje.


Si en Yves Saint Laurent una intrépida fragancia se convertía en un anuncio andante del onanismo, los tacones siempre han sido el símbolo femenino por excelencia. Un poco de carmín y un buen zapato basta como queda escrito en la retina visual de cualquier mujer y de cualquier hombre. Nuevos horizontes ya descubiertos por el fetichismo, genial fetichismo. Sólo eso y ella, la princesa, se escapa por su voluntad pero mucho después de sonar las doce...

domingo, abril 13, 2008

Damas De Hoy


Comienza la primavera y la época de entretiempo donde el calor aún no ha llegado a las calles, los rayos del sol no son siempre generosos y tampoco la nieve se ha decidido a abandonarnos. Son esos días en los que, como -bien- dicen los ingleses, “No hay clima, hay tiempo” y en los que, las llamadas “colecciones crucero” satisfacen a los deseosos de tendencias porque ni el verano ha llegado, ni el invierno se ha ido. Es el gracioso y complejo término medio dónde el casual chic y el nuevo femenino son la religión del tiempo, dónde el sencillo marinero de Chanel impregna el barco de asfalto, dónde la sencillez despreocupada es la clave de estilo. Hijos de la contemporaneidad con clase, que también les hay.


Es la estación del tranquilo presente, del agitado ahora. Damas de negro, de gris, de blanco, de azul marino. Damas, repito. No tocan sus cabezas con gracia, no apoyan sus uñas lacadas en pitilleras de oro esmaltadas ni cocinan con delantales de encaje desprendibles pero, son grandes damas. Ebrias damas del presente, bellas mujeres. Damas del “ínfimo estilo” de Chanel o del séquito de “las telegrafistas mal alimentadas” para Poiret pero, bellas damas. Casi damiselas que resplandecen ante el flash exigente de la red.


Damas de la nueva juventud, de la Vieja y de la Nueva Escuela. Algunas lánguidas y conceptuales y otras femeninas y taimadas pero todas, divinas. Despreocupadas fuman su cigarro y dejan caer la ceniza con una helada sonrisa de Dama del Hielo mientras su ahora nuevo -el último grito- de aquello que ya fue -el nuevo último grito- en el pasado. Insolentes jovencitas, turbias damas.


Aún quedan antiguas parisinas de cabello rubio cual rayo del sol como si fueran, casi, renacentistas. Envueltas en su inseparable trench, con un vestido de cóctel y un despreocupado collar. Como decían de las modelos rusas de la colección de piel de Gabrielle Chanel, “parecen haber nacido llevándolas”. Lo mismo. Cuentan que a muchas bellezas de la Alta Sociedad Parisina se las puede ver corriendo por la mañana, muy temprano, y cruzando agazapadas por los primeros atisbos de la aurora con un pequeño retazo gris en la mano que es el genial collar que ahora debe ser devuelto. Y aún así, nunca será de otra, siempre será suyo.


También hay otro tipo de mujeres, aficionadas o profesionales, de la moda y del culto a la imagen personal que posan, alicaídas, ante la cámara en un torrente de estilo clásico, casi minimalista y, al mismo tiempo profundamente actual. El ápice de soberbia parisino, el je ne sais quoi francés, el otro encanto. Ni el nuevo femenino ni el viejo, ni la nueva tendencia, ni la muerta. Damas geniales de la marca de la actualidad sin posos de falso bohemio ni de alternativa. Hoy, ahora y luego.


También quedan damas de la nobleza europea de esas que o son ricas o, lo parecen. Nunca se sabe de dónde viene su dinero pero se sabe que se remonta tanto que sólo es necesario que se duplique cada dos o tres generaciones porque, ¿Para qué más? Son de esas petites filles que crecieron despidiendo a su madre en las escaleras, solitarias, de piedra porque se iba a la ópera; que veían impresionantes joyas envueltas en gamuzas de terciopelo y que creían normal tener una doncella para el cuidado de las zapatillas como aquella reina que perdió todo de cuello para arriba en la Revolución Francesa. Son de esas damas que sólo hablan de términos financieros refiriéndose a la Delfina de Francia, Madame Déficit.


También hay expertas timoratas, casi snobs, que se pasean por la zona de “compradores” del desfile. Se dice se comenta que la mitad de ellas son esposas de mafiosos, la otra mitad, son ricas por su mansión, herederas las llaman pero, no del club de tontas -listas- de Paris Hilton si no herederas de las viejas fortunas de las que apagan la luz al salir de casa, de esas cuyo servicio lleva guantes blancos y limpia el polvo con cubremangas negros. Damas. Ricas damas.


Hay otras que son sencillamente admiradoras, aspirantes al savoir faire cargadas de estilo. El cabello ligeramente recogido, postura de lady like, y un espíritu casi arrogante mezclado con las tenebrosas redes de demasiado buen gusto y de demasiada buena educación y, aún así magnífica. Otra mujer que sabes que te pegaría una bofetada al son de Sinatra mientras bebe champagne y baila por una pista encerada con sus sandalias destalonadas de cabritilla dorada envuelta en un halo de perfume y una bocanada de tabaco, negro.


Y, luego están las dobles generaciones. Madres e hijas. Rubias y cobrizas. Falda y pantalón. Bolso de mano y bolso con cadena. El cabello lacado -excesivo- o movedizo ante el aire. La sonrisa impostada o la sonrisa no profesional. El negro atribulado o el negro exquisito. La mirada clara o la mirada oscura. De cualquier forma, el cheque en blanco. Y, arrancado con uñas de porcelana y manicura francesa.

viernes, abril 11, 2008

Ínfulas Del Presente Corrupto


En los años cincuenta, el estereotipo de mujer elegante sumía a las mujeres en un frufrú constante de faldas de tela plisada con enaguas, de cuerpos sencillos y lozanos y de una arquitectura ósea rediseñada por Dior con el residencial encanto del “zapatos y bolso a juego que, sólo les importa a las señoritas de los barrios residenciales” y una boquilla de nácar que las envolvía en un halo de humo intocable que sumía a aquellas mujeres con la cabeza siempre tocada y las manos siempre cubiertas en verdaderas damas de la jungla de asfalto. Ahora, la realidad ha cambiado.


Aquellas damas se han convertido en fulanas. Caras o baratas pero fulanas. Es fascinante ver cómo es ésta la sociedad del amago. “Soy lo que no soy, quiero ser lo que no soy, no soy nada.” No tienen la sensualidad de una Afrodita sólo representada por un par de -lascivas- sandalias, no son el Narciso que muere ahogado por el amor a su reflejo, no son las damas sureñas orgullosas -caprichosas- que arrancan sus cortinas por seguir siendo su reflejo, no son nadie. Ni siquiera son el aquel reflejo opaco del espejo.


Ahora, el presente es otra cosa. Son otras mujeres. Son otros hombres. Ya no son damas y ellos, ya no son caballeros. Ahora ya no hay cóctel a las cinco, ya no hay barbacoas en la piscina en verano, ya no hay jornadas de puertas abiertas, ya no hay fiestas como las de Studio 54, ya no hay salas de baile, ya no hay seda salvaje, ya no hay colores puros, ya no hay prendas exclusivas, ya no hay “Fly me to the moon” de Sinatra. Ya no hay aquello, sólo hay el ahora.